Homilía Domingo de la Misericordia

Pronunciada por: Mons. Fray Gabriel Enrique Montero Umaña

Hermanos y hermanas

Estamos en esta gran celebración de la Octava de la Pascua, declarada por el Papa Juan Pablo II el Domingo de la Misericordia ¿Por qué hoy? Básicamente, porque es la fecha más cercana a la Pascua y segundo porque las mismas lecturas de hoy nos encaminan a reflexionar sobre ese tema de la Divina Misericordia. Tratemos pues de reflexionar sobre este tema maravilloso que es la misericordia de Dios, razón también por la cual muchos han venido acá al ser hoy el día de la devoción del Jesús de la Misericordia.

A nosotros no nos cabe duda, como no cabía duda a los hombres del Antiguo Testamento, aquellos hombres de Israel, de que su Dios era un Dios compasivo y misericordioso, recordemos como lo definen desde el libro del Éxodo, los salmos, los libros sapienciales y los históricos que lo definen como un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.

¡Claro! Cuándo más nos dimos cuenta de esto acá en la tierra, fue cuando apareció nuestro Señor Jesucristo, si el Padre se quiso revelar a nosotros en la persona de su Hijo, evidentemente tenía que manifestarse en su Hijo esa misericordia que a Él le caracteriza, esa es la característica por excelencia de Dios, el amor misericordioso; Dios es amor dice San Juan, podemos añadirle: Dios es un amor misericordioso.

Cristo aparece sobre la tierra, y qué otra cosa hace, sino mostrar la misericordia del Padre, desde que nació y en la forma en que nació, desde la manera en que quiso aparecer, sufrir y exiliarse, en fin, al vivir en la sencillez, la pobreza y el anonimato a lo largo de su vida privada, ya estaba haciendo un acto de misericordia con nosotros; para mostrarse humilde, para mostrarse sencillo, para mostrarse como uno de nosotros, mostrarse cercano y familiar… en otras palabras para no asustar a nadie. Qué tal que se hubiera aparecido desde un comienzo echando rayos y centellas por todo lado, no…, imagínense un Cristo que volaba y echaba rayos por todas partes, hubiera asustado a todo mundo; Jesucristo aparece de la forma más humilde y sencilla, de la manera más cercana para no asustar a nadie, sino al contrario, para atraer a todos hacia sí.

Jesucristo muestra la misericordia del Padre cuando Él se dispone a cumplir su voluntad, visitando todas las comunidades, predicando la buena nueva del Reino, la gran pregunta es por qué siendo quien era, tenía que ir a caminar, sudar y pasar hambre y sufrir cansancio por las ciudades de Palestina predicando la buena nueva… por qué no se mandó hacer un palacio, por qué no se puso en ese palacio, por qué no puso un buen rótulo afuera, por qué no se mandó a publicitar… atenderé pero en mi palacio muy cómodo, los que quieran que vengan a mí pero que vengan a mi palacio… ¿Hizo eso? No hizo eso, hizo todo lo contrario, caminó por las ciudades, se metió y habló con todo mundo, no hizo distinción de personas, tuvo misericordia y ayudó a todos por igual. Díganme si ésta no es una manifestación de la infinita misericordia del Padre, ahora en la persona de su Hijo.

Tuvo misericordia de nosotros de mil maneras, lo escuchamos incluso hoy en la Palabra cuando en la primera comunidad por medio de Pedro y los discípulos Él sigue curando a los enfermos, por eso siguen trayendo enfermos para que cuando pase Pedro los toque por lo menos con su sombra, porque Pedro es quien ahora representa al mismo Jesucristo y por eso sigue beneficiando a todos. Tuvo misericordia de nosotros, perdonó al pecador, comprendió a la mujer adúltera, perdonó al que había caído, trató misericordiosamente a todo el que se le oponía, incluso a sus propios rivales los trató con gran misericordia, les dijo claramente lo que tenía que decirles, pero los trató con infinita misericordia.

No cabe duda que ya ahí, estaba manifestada de forma terrena la misericordia del Padre; pero, cómo no iba a manifestarse aún más la misericordia del Padre, una vez que Él padeció, murió y resucitó por salvarnos. Es en el resucitado donde tenemos la imagen más cercana de Dios, es donde lo tenemos aunque no lo podamos ver aún cara a cara como lo haremos un día en la vida eterna. Lo más cercano que tenemos, Dios glorificado…, pues en su vida terrena no había mostrado su gloria.

Quisiera comentar un poquito este Evangelio, porque es demasiado rico en el cómo Dios manifestó su misericordia en su Hijo resucitado, este pasaje que es solamente de San Juan, es extraordinario en cuanto a las enseñanzas de la misericordia divina. Estamos en la tarde de la resurrección, los apóstoles están ahí encerrados en un cuarto con las puertas cerradas por miedo a los judíos, todavía no han visto al Señor resucitado, es la tarde de la resurrección; quienes le han visto son unas cuantas mujeres que han ido al sepulcro muy de mañana, pero ellos como discípulos, al menos como grupo, no se habían encontrado con Jesús resucitado.

De buenas a primeras Jesús se aparece en medio de ellos, y las primeras palabras que les dice es: la paz sea con ustedes. Hay que comprender esa palabra y no como una palabra muy linda, que nos sabe muy dulce y rica, no como una palabra piadosa… no; hay que entenderla en el contexto de lo que estaban viviendo los discípulos en aquel momento, estaban llenos de miedo porque si habían matado al maestro ahora seguirían con ellos, se habían quedado sin pastor, temían a la muerte y querían protegerse.

Estaban en una situación terrible, porque Aquél en quien habían creído y habían creído que era el Mesías, al menos terreno, había muerto crucificado como un criminal… ¿si fue un criminal entonces nos engañó?… Él dijo que iba a resucitar pero todavía no hemos visto nada, entonces qué será, habremos creído en el hombre verdadero o en un impostor y mentiroso; cuál será nuestro futuro, qué vamos hacer ahora si no está Él y no sabemos nada de Él… Podemos imaginar la situación, no sólo de miedo sino de confusión en la cual se encontraban los discípulos en aquel cuarto; además, tenían que tener vergüenza, porque en caso de que resucitara y se apareciera… bonita figura la que ellos habían hecho durante la Pasión ¿verdad? Uno lo negó, el otro lo vendió y los otros lo abandonaron… y todos se escaparon para salvar su pellejo ¡claro! Pero no sólo la figura durante la Pasión, sino la figura que estaban haciendo encerrados en un cuarto por miedo ¡Vaya apóstoles y discípulos del Señor! Encerrados en un cuarto por miedo a que los mataran ¡Vaya discípulos los que tenía el Señor… muy buenos!

Imagínense, esos hombres ahí encerrados, pensando qué le dirían si se aparecía ahí a ellos…; de seguro que les iba a pegar una gran regañada, de seguro les iba a reclamar su cobardía durante la Pasión; pero, ahora la “figuracha” que están haciendo es peor todavía, unas mujeres fueron al sepulcro, vieron unos ángeles que les dijeron que está resucitado y ellas fueron y le contaron a los discípulos, y ellos dijeron: no, no creemos, no, no creemos; insisten en no creer. ¡Bonita figura! Sobre todo los hombres porque las mujeres creyeron, siempre los hombres hemos sido más flojos, con razón los hombres somos tan flojos religiosamente, las mujeres creyeron….

Ahora Jesús se aparece en medio de ellos, ellos llenos de miedo, confusos y avergonzados, peor no se podían sentir, peor ridículo no podían estar haciendo porque era un completo ridículo, el Evangelio si al menos dijera que estaban encerrados rezando, pero no, estaban muertos de miedo…; no estaban rezando, diciendo creemos en ti y sabemos que vas a resucitar…, nada de eso, todo lo contrario.

Si no entendemos este ridículo, no entendemos el acto misericordioso de Dios que se aparece en medio de ellos y la primera palabra que les dice es “la paz sea con ustedes”, cuál paz si no hay paz, cuál paz si lo que ha habido es una gran infidelidad de parte de ellos… El Señor no les dice una palabra, el Señor no les regaña, el Señor no les pide cuentas…, no se aparece y llama a Pedro para decirle: Pedro vení acá, incate aquí, te voy a sacar la lengua por haberme negado tres veces y si pudiera te la sacaría tres veces… Pero, ni una sola palabra… no regañó a nadie, no pidió cuentas de nada… la paz sea con ustedes, entre ustedes y yo hay completa paz, no me deben nada, no hay nada malo entre nosotros, somos amigos… Vaya clase de amigos los que se hizo.

Si no entendemos ese contexto, muy poco vamos a entender de esa paz que el Señor les dio, cuánto agradece uno cuando está nervioso, cuando está confuso, cuando tiene un problema, cuánto agradece uno que una persona le dé una palabra de paz y le dé un poquito de esperanza y le dé un poquito de confianza…

Y como si fuera poco, el Señor les dice: como el Padre me envió, así ahora los envío yo… ¿Qué? ¿Qué estás diciendo? Que vas a enviar ese grupo de cobardes, a ese grupo de flojos vas a enviar por el mundo… ¡Bonita comparación entre Tú y ellos! ¡Igualitos cómo no! Pero, así les dijo, siguió confiando en ellos, les dio esa gran responsabilidad, por algo les dijo que no le debían nada y no les iba a echar en cara nada y siguió confiando en ellos. Cuántas veces nosotros cuando alguien nos defrauda decimos: ya no más, me traicionó, no creo más en Él, me mintió, ya no creo más en Él… así actuamos nosotros y el Señor Jesucristo todo lo contrario.

Para que vean que es cierto lo que les digo sopló sobre ellos el Espíritu Santo, aquí tendrán la fuerza para cumplir su misión, pero vayan en mi nombre y lleven el perdón a todas las naciones, vayan y anuncien la paz por medio del perdón que les concede; en ese grupo de hombres confió y a ese grupo de hombres les confió semejante misión y gracias a ese grupo de hombres ustedes y yo estamos hoy aquí.

Vean que bonito por ejemplo en la segunda lectura de hoy, cómo Juan habla del destierro a Patmos por haber dado testimonio de Cristo Resucitado y es allá donde el apóstol lo ve con túnica blanca y cinta de oro, él se asusta porque no entiende, pero le dicen yo soy el que estaba muerto y ahora estoy vivo, yo soy el que tiene las llaves de la vida y de la muerte, yo soy el primero y el último, y claro Juan no pudo menos que caer al suelo, por miedo o vergüenza o lo que fuera… cómo podría sentirse de estar delante de Aquél que era el Cristo resucitado, el Señor de la Vida y de la muerte, el Rey de reyes, Señor de señores; Juan se sintió nada, se sintió en el purísimo suelo, el Señor Jesús le tendió la mano derecha y le dijo no temas, y es casi lógico pensarlo que lo levantó, te voy a confiar una misión de que escribas estas cosas y las mandes a todas las iglesias del Asia Menor.

Hermanos y hermanas, ese es el Señor Jesucristo de la Misericordia, el que tiende la mano al que está caído, que levanta al que ha pecado, el que tiene compasión del que necesita, ese es el Dios de la Misericordia que se nos manifestó en el Señor Jesucristo.

Recordemos y termino con esto, estamos en el Año de la Misericordia, y el Papa Francisco que convocó este año, puso ese lema que todos conocemos misericordiosos como el Padre, y recordemos también que el Papa Francisco nos dijo en la carta para presentar este año jubilar yo estoy poniendo este año porque nuestro mundo se está olvidando de la misericordia, porque nuestro mundo se está volviendo indiferente, porque la indiferencia se está globalizando por todas partes, porque el egoísmo es el que prevalece, estando yo bien qué me importan los demás… ¡No! Sí, me importa, qué más derecho tengo yo que otros, ninguno. El Señor, nos dice cuidado, porque estamos cayendo en la indiferencia y la indiferencia se ha globalizado en nuestro mundo y el Papa nos dice no es posible que sigamos indiferentes ante ciertas cosas que están pasando en la humanidad.

Según el Papa, el antídoto para esto es la misericordia, sean misericordiosos como el Padre es misericordioso, por eso el Papa nos habla de las obras de misericordia tanto espirituales como corporales y hay que ponerlas en práctica dice el papa, la misericordia no sólo hay que aceptarla y agradecerla, celebrarla o pedirla, claro que hay que pedirla, lo pide la coronilla de Santa Faustina ten misericordia de nosotros y del mundo entero, sí, la misericordia también hay que pedirla si no, no vendrá; pero, también el Papa dice la misericordia hay que hacerla, hay que transformarla en obras, en obras de misericordia, así vamos a mostrarle al mundo que creemos en el Dios que es misericordioso.

Hermanos y hermanas, que esta fiesta, nos anime a todos nosotros a ser misericordiosos como nos enseñó el Padre por medio de su Hijo y que podamos recibir de Dios ese perdón que todos necesitamos para transformarnos también nosotros en misioneros de la paz, para que podamos llevar y anunciar el perdón a todas partes en su santo nombre.

Así sea.

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