Bienaventurados los pobres y los que sufren

La jornada de este miércoles en los ejercicios espirituales que viven los sacerdotes de la Diócesis de San Isidro, estuvo marcada por la meditación profunda de las dos primeras bienaventuranzas que presenta el evangelio de San Mateo.

En la primera charla desarrollada en horas de la mañana, Mons. Montero meditó sobre Mt 5, 3 que dice: bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos; afirmando que acá se llama “bienaventurado a quien cumple la voluntad de Dios”. Con esto, “se plantea el desafío más grande del ser humano, pues no es fácil someterse a la voluntad de Dios, porque nuestro gran problema termina resultando ser Dios, al punto que muchas veces queremos que no existiera, cayendo en la tentación de ubicarnos a su nivel y por ende de querer ser dios”, precisó el obispo.

Ejemplo de ello podemos encontrar en la Sagrada Escritura, como aquel pasaje de la oración del publicano y el fariseo; donde “sin duda alguna el fariseo se sitúa mal, se siente tan perfecto que aquello que parece oración resultó ser una ofensa, su orgullo humano brota, no ora sino que realiza una alabanza de su supuesta perfección y grandeza, sin duda le faltó aquella actitud: ten compasión de mí que soy un pecador, actitud que si tuvo el publicano”, indicó el obispo.

Por tanto, se hace necesaria “la actitud cristiana de la absoluta confianza en Dios, pues al sentirnos necesitados de Él, nos dispondremos a cumplir la voluntad de Dios en todo momento”, recordó Mons. Montero en su exposición. Afirmando que para ellos, “Dios promete el Reino de los Cielos, y la misma palabra lo recuerda cuando dice que lo ha revelado a la gente sencilla, a los que se sienten necesitados de Él”.

Por la tarde, se reflexionó en torno a Mt 5, 5 que dice bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados; al respecto, indicó Mons. Montero que “estamos ante el segundo problema más grande del ser humano y es el sufrimiento”. Esta bienaventuranza, catalogada por el obispo en su desarrollo como una disposición interior, nos habla “de cuál es la actitud cristiana frente al sufrimiento, particularmente frente aquel sufrimiento donde no se sabe su causa.”

Al respecto, precisó el obispo, “sólo quien aprende a vivir este dolor puede ser bienaventurado, ya el mismo Jesús lo dijo vengan los que están cansados y agobiados y encontrarán descanso, carguen con mi yugo…; se ve claramente, que la invitación es a quien quiera seguirlo que cargue con la cruz, a vivir el dolor con paciencia y con sentido, por ende, no se quita la cruz sino que se toma con humildad y mansedumbre”.

Por tanto, “sólo asumiendo la cruz, se aliviará el dolor, pues al tomar el sentido de la cruz de Cristo pasaremos a descubrir y comprender el sufrimiento de los demás y no nos encerraremos simplemente en el propio dolor; solo así, se podrá ver en el sufrimiento un valor redentor como en el de Cristo… El cristiano entonces, no quiere desaparecer la cruz, sino encontrarle sentido y llevarla con Aquél que la llevó primero por mí”, concluyó el predicador del retiro.

Al finalizar el día, se meditó la Vía de la Cruz; así, con el rezo de las catorce estaciones y mediante la lectura de un texto sagrado y un fragmento de Evangelii Gaudium, se propició la reflexión en torno al camino de Jesús y que ha de ser el camino del cristiano. Durante este momento de oración se tuvo presente a toda la diócesis.

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