Comunidad Cenáculo abre sus puertas de misericordia en San Isidro

        Los esfuerzos y las oraciones de un grupo de laicos creyentes, que junto a unos sacerdotes soñaron el proyecto de la Comunidad Cenáculo en Costa Rica, se hizo realidad; por más de 17 años supieron esperar entre obstáculos y lágrimas, pero también con las caricias de Dios que nunca abandona.

        Este sábado 13 de mayo, en el contexto del centenar de las apariciones de la Virgen de Fátima, Mons. Fray Gabriel Enrique Montero, obispo de San Isidro, celebró una especial Eucaristía en la iglesia catedral donde recibió y bendijo a los 8 misioneros que conforman esta nueva experiencia de amor, llamada Comunidad Cenáculo Nuestra Señora de los Ángeles.

        Durante la celebración, el Padre Héctor Sánchez, director de Calasanz, recordó y agradeció de manera especial al Padre Edgar Orozco, a Mons. Ignacio Trejos y a Mons. Montero por el apoyo que cada uno supo dar y continúa dando a esta obra de Dios. Razón por la cual, el mismo obispo diocesano precisó: “Dios quiere entretejer una historia apasionada con cada uno de ustedes, y por eso podemos decir que Dios ha estado grande y estamos alegres”.

        La Comunidad Cenáculo mira en María el camino que lleva a Jesús, siendo ahí ante la presencia del Señor donde encuentra respuestas a la vida de cada persona y de cada joven que vaga por el mundo sin sentido; entonces, sobrada razón existe para abrir las puertas de esta Escuela de Vida en la celebración de la Madre del Cielo. Durante la homilía, Mons. Montero indicó: “todos tenemos por la Virgen gran devoción y cercanía, al celebrarla nos interesa la persona de la Virgen María… La Escritura nos enseña que a María, en su vida terrenal, la distinguió su preocupación por Dios y su fe en Dios, María no se alaba a sí misma sino que siempre hace referencia a Otro, nos lleva a Jesús; así también, Fátima nos dice que la Virgen está preocupada por una humanidad que se aleja y se desvía de Dios, hay muchos que siguen el comunismo y otras doctrinas que alejan de Dios, entonces se aparece para recordar a la humanidad que debe volver a orar, que debe sacrificarse, que debe aprender a sufrir por amor a los demás.”

        “María es aquella que siempre escucha la palabra de Dios y por ello está atenta a lo que Dios le dice y por ende atenta hacer su voluntad, no pone obstáculo a Dios y eso le costó dolores y lágrimas…, María en el Evangelio de hoy andaba en busca de su Hijo, y Jesús recuerda que sus hermanos son quienes le escuchan y ponen en práctica su Palabra; ante eso María no dice palabra alguna, no se molesta porque entendió lo que dijo el Hijo decía, aquellos que cuentan ante Dios son los que escuchan mi Palabra y la ponen en práctica, y evidentemente María era una de ellas, María es de las que escucha la voz del Hijo y la pone en práctica; entonces, profunda humildad la de María, humildad de quien no se siente importante”, precisó Mons. Montero.

        “En Fátima está presente esa humildad profunda con que se acerca a unos pastorcillos, a unos chiquillos insignificantes e ignorantes, a unos pobres y despreciados…, a ellos se les apareció y les habló, con ellos se entretuvo muchos días hablándole; esa es María, una mujer humilde. Por eso, los grandes de la tierra no podían entender, pero a ellos, a los sencillos pastorcillos de corazón limpio, a ellos les habló con gran cariño y de ellos se valió para hacerlos instrumentos de salvación del mundo, y gracias a ellos su mensaje ha llegado hasta nosotros”, indicó con gran vehemencia y sentidas palabras el obispo de San Isidro.

        “Este centenario no puede pasar sin que hagamos un recorrido preguntándonos ¿qué ha significado estos cien años? ¿el mundo sigue igual hoy? ¿será mejor la Iglesia?… Por eso, oremos para que María use a estos hermanos misioneros de la Comunidad Cenáculo, que ellos sean los nuevos pastorcillos, que sean buena noticia para Costa Rica y que los use para que abran brecha y camino en tantos jóvenes, y que Dios reine en medio de todos nosotros”, concluyó Mons. Montero su homilía.

        Antes de la bendición final, Mons. Montero bendijo y envió a los 8 misioneros que inician esta experiencia de apertura del nuevo centro, al tiempo que bendijo también una réplica de la imagen de Fátima que estará en la capilla del centro ubicado en el Monte de la Cruz en Pacuarito.

        Finalmente, el joven Fernando Zubicoa, compartió con todos los presentes un sentido y profundo testimonio de vida, acá transcribimos parte de sus palabras: “estoy emocionado por estar acá, hace tiempo esperaba venir acá, estoy convencido que Nuestra Señora de Fátima me trajo aquí; yo entré hace 5 años a esta casa porque era un muchacho triste que se drogada y que no sabía qué hacer con la vida…, quería salir de las tinieblas y un día entendí que tenía que dejar mi orgullo, escuchar la conciencia y pedir ayuda, encontré esta comunidad y experimenté la misericordia de Dios que después de una vida de pecado y más que pecado de tristeza y dolor hay el abrazo del Padre que me decía así te quiero…; entonces, es una comunidad donde habían hermanos que me aceptaban así con mi saco de pobreza, en Fátima oré muchas noches delante de la Virgen, de noche como lo hacía Jesús para evitar distraerse, y fue delante de Jesús el médico del alma donde él me curó de esa enfermedad del pecado y del dolor…”

        “La Virgen te hace hombre porque no te hace escapar de tu historia, sino abrir aquellas heridas infectadas por la droga, y ella las tiró y luego poco a poco me curó con mucho amor y ternura, así me voy curando delante de la Eucaristía y de la Virgen y de los hermanos que me ayudan a recuperar la dignidad, porque me dicen quién soy con mis efectos y mis dones…, ahora recibí el regalo de la Cruz, de ser misionero y me di cuenta que mi vida ya no me pertenecía, que era suya, porque mi vida es de Dios, y para ser feliz tengo que dársela a él y esto es lo que me llena el corazón”, precisó el joven Francisco.

        “Desde nuestra miseria, podemos decir estando al lado de un muchacho, que la Virgen te cura si tú quieres, Jesús Eucaristía te va a curar como lo hizo conmigo, así al lado del muchacho podemos trabajar con él, reír con él y llorar con él; no tenemos televisor ni celular porque nosotros nos tenemos a nosotros mismos, y así vivimos con la alegría de resucitar. Que viva Costa Rica, pues acá nos recibieron en la tierra Pura Vida,” finalizó Francisco Zubicao.

        Posteriormente, nos trasladamos hasta Pacuarito, donde Mons. Montero bendijo las nuevas instalaciones en un clima de austeridad y alegría, ahí el obispo recordó: “éste es un lugar de paz, es un lugar para que habite Dios, el Dios que ya vive en nosotros mismos… De parte de la diócesis queremos que esta sea su casa y que sea casa de oración; así, este lugar traerá la bendición para ustedes, para nosotros y para toda la diócesis”.

         

         

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