Concluye retiro con aire del beato y mártir Romero

Este 24 de marzo, concluyen los ejercicios espirituales para el clero de la Diócesis de San Isidro con la celebración eucarística en la memoria del beato Mons. Óscar Arnulfo Romero, al respecto en la homilía Mons. Montero ha dicho: “al celebrar a los santos o a los mártires, siempre nos da una santa envidia, y la gran pregunta es cómo hicieron para alcanzar la santidad, y con la Palabra de Dios vemos que la clave está en que amaron a Cristo, a Dios en su dimensión trinitaria, amor que desembocó en un amor especial por los hermanos, en este caso de Romero por el pueblo a él encomendado, hasta el punto de estar dispuesto a dar la vida”, precisó.

Siguiendo el desarrollo de las bienaventuranzas, durante la mañana, Mons. Montero desarrolló las últimas dos de ellas; al respecto inició con bienaventurados los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios, la cual implica “una acción y actitud que toma el cristiano delante de situaciones de no reconciliación, cómo ser agente de paz y contribuir así para que haya reconciliación entre personas, familias y pueblos”, recordó.

Y por paz cristiana no se entiende la paz en sentido humano, es decir: “por paz no debemos entender sólo la ausencia de guerra, tampoco callar cosas por la supuesta paz, menos una paz impuesta por las armas y las amenazas, tampoco es la que se logra por acuerdos políticos de no agresión; entonces, la paz cristiana tiene por característica esencial que es un don de Dios y gracia dada por el Espíritu Santo, proviene de Dios porque viene de un acto total de perdón y misericordia hacia nosotros, siendo el gran anuncio luego de la Resurrección”, señaló el obispo de San Isidro.

“Será esta paz la que haga posible que se restituya la comunión con él y entre nosotros…, por tanto no será algo momentáneo, sino que es un estado permanente y profundo, ya que al producir la comunión con Dios produce una paz duradera y lleva a un perdón con los demás; este es el camino cristiano, el que lleva al perdón fraterno”, afirmó Mons. Montero en su exposición.

Ante esto, se hace necesario comprender el perdón cristiano “como el camino que lleva a la paz; por eso, nosotros lo comprendemos como un don de Dios, ya que fue Dios quien nos perdonó primero toda la culpa, y constituye entonces también un acto de reconciliación de nosotros hacia los demás, de ahí que primero haya que pedir a Dios la fuerza para perdonar, porque no es cualidad humana”, precisó el prelado. “Al respecto, podemos decir que no hay perdones a medias, tampoco existe el perdón con condiciones; así, el perdón cristiano no apunta el delito como señala el salmo 129, de tal manera que es un borrón y cuenta nueva, realidad que enseña claramente Jesús mismo cuando no pide cuentas a los discípulos por sus errores sino que al contrario les ofrece la paz una vez que resucita”, indicó el obispo.

“La actitud del cristiano, entonces, es la que busca cómo justificar al otro, no porque quiere cerrar los ojos ante algún pecado que probablemente sucedió, sino porque quiere buscar la paz; es una sanación total, es un no me debes nada, no te pediré cuentas de nada porque no me debes nada”, reiteró con vehemencia. “Aquí, es importante aclarar que los recuerdos de los momentos dolorosos no significa que no hayas perdonado, somos humanos y por eso recordamos, y que con el recuerdo pueden llegar sentimientos negativos, pero son reacciones instintivas; lo cristiano está en la reacción, cuando busca el bien a pesar de su dolor, cuando ora por aquel a pesar de que por dentro me carcomen los sentimientos de dolor, así el cristiano vence los sentimientos con la gracia de Dios”, insistió Mons. Montero.

Por todo lo anterior “debe desaparecer del vocabulario del cristiano la frase me ofendieron, porque a mí nadie me ofende, soy yo el que opto por sentirme ofendido; cuando Judas entrega al maestro Jesús le llama amigo porque esa es su opción, de tal manera nadie quita la reputación de nadie, porque nadie quitará el valor de persona y su dignidad dada por Dios”, afirmó el obispo. Por eso, esta bienaventuranza promete que “serán llamados hijos de Dios, porque están contribuyendo a que los hombres puedan ser hijos de Dios al ser puentes y constructores de paz”, indicó.

Finalmente, reflexionamos sobre Bienaventurados los perseguidos por la justicia porque de ellos es el Reino de los Cielos, que es la última bienaventuranza y tiene una función inclusiva y conclusiva. Ésta “señala cómo responde el cristiano frente a las injusticias, cuando el cristiano compromete su vida a favor de la causa de la justicia, sabiendo que hay persecución y ésta llegará cuando se hagan denuncias puntuales como lo hizo Juan el Bautista”, precisó.

“Se requiere gran madurez cristiana, porque tendrá que estar preparado para las persecuciones y tendrá que arriesgar su propia vida; si la primera bienaventuranza es el amor máximo a Dios, ésta es el amor máximo al hermano, porque trata del amor que esté dispuesto a morir, y esta es la gran madurez que nos cuesta tener”, indicó Mons. Montero.

De ahí que sea necesario conocer las características que debe tener la denuncia cristiana, ante ello el obispo de San Isidro señalo: “la primera condición, es que debe venir de Dios, debes sentir en tu corazón que Dios te lo pide porque debe ser guiado por el Espíritu, y ejemplo de ello es el beato Mons. Romero que siendo un hombre tímido siente que Dios le pide hablar; lo segundo, es tener conocimiento que es fruto de la oración; tercero, debe ser una corrección personal en espíritu de corrección fraterna; cuarto, ha de ser una denuncia sin temor; y por último, se hará cuando ha perdido temor a la muerte”, precisó el obispo de San Isidro.

Aquí recordó Mons. Montero su encuentro personal con Mons. Romero, quien un día de diciembre, tres meses antes de su muerte, se encontraron por espacio de hora y media, “al verlo percibí temor en él, pero luego hablando él me dijo: sé que mi vida pende de un hilo, sé que me van a matar, pero no matarán las verdades que he dicho…, y esto lo decía con absoluta serenidad; humanamente sentía temor, es lógico, pero tenía la serenidad que da la valentía de la denuncia, por eso en la homilía (penúltima) dirá: el pueblo no debe obedecer un mandato injusto, tiene obligación de obedecer su conciencia… por eso yo les pido que cese la represión”, recordó. Así queda claro “que esta bienaventuranza no quiere violencia, sino el cambio de aquellos, y por eso actúa por amor, prefiere morir que matar, está dispuesto a morir por la conversión del otro y el cambio de la injusticia, siendo así una gracia que Dios da a algunos, la gracia del martirio”, indicó Mons. Montero.

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