Diócesis peregrina ante la Negrita

Como todos los años, la Diócesis de San Isidro peregrinó este 31 de julio hasta la casa de la Negrita, en un día particularmente importante donde también los romeros venidos de Río Claro hicieron su arribo hasta los pies de la imagen querida de la Madre de Dios; en esta oportunidad, un sentido número de romeros (sobre todo mujeres) peregrinaron por 10 días hasta ver coronados sus anhelos en la Basílica de Cartago.

Pocos minutos después, fieles de muchas de las parroquias de nuestra diócesis, acompañados del rezo del santo rosario y presididos por el mismo obispo diocesano Mons. Fray Gabriel Enrique peregrinaron también desde las conocidas Ruinas de Cartago hasta el Santuario, para celebrar así la Eucaristía acompañado de un significativo grupo de sacerdotes de nuestro presbiterio.

En la homilía, Mons. Montero precisó que en esta ocasión queríamos honrar a la Virgen Madre bajo el título de la Divina Providencia, celebración que ya se encuentra debidamente establecida desde finales del siglo XVIII, a lo que agregó: “no es difícil entender por qué a la Virgen se le aplica este título, puesto que es mujer, madre, sierva, madre bondadosa, madre protectora y solícita dispensadora de la gracia por explícita voluntad de su Hijo”.

Con gran elocuencia, el obispo detallé los muchos motivos de la visita, entre los que destacó: “venimos a expresar necesidades, inquietudes, sueños y esperanzas de la diócesis, conscientes de las cosas buenas y santas, sabemos y ofrecemos sobre todo la fe de nuestro pueblo y del sacrificio de los agentes de evangelización; pero, venimos con corazón adolorido por las privaciones que afectan a los habitantes de nuestra zona por la escasez de fuentes de trabajo, la inseguridad, el flagelo de la droga y la pobreza…, cómo no confiar en la Madre de la Providencia nuestras alegrías y tristezas…”

Especial pensamiento tuvo hacia la intercesión mariana en favor de la familia y por ende del matrimonio, “la misma solicitud amorosa lleva a María a dejar todo en las manos de Jesús, porque sabe que su corazón se hablaba ante la necesidad de sus seguidores, y el Dios providente termina por realizar el milagro; que nunca falta el vino en ningún matrimonio del mundo”, recordó el prelado.

Con gran atino y mirada social, Mons. Montero recordó que “muchos llamándose cristianos no son capaces de pensar en el dolor de los hermanos…”, razón por la cual agregó: “en nuestra diócesis siguen siendo bajos los salarios del campo, bajos los pagos por el servicio doméstico, hay violencia familiar que en muchos casos viene del machismo, abusos sexuales que provienen no pocas veces de los mismos familiares, hay falta de solidaridad y por tanto de la providencia, es poco valorado el trabajo de la mujer y con mucha frecuencia en el propio hogar, muchos siguen contratando el trabajo de nuestros agricultores a precios de miseria, esperando hasta el último momento para que lo vendan por la necesidad…”.

Y continuó en su denuncia profética: “muchos piden fidelidad a la mujer que muchos hombres no son capaces de guardarla, tampoco son providentes aquellos padres que niegan posibilidad de estudio a sus hijos, u otros que dan sin exigir un mínimo de responsabilidad para con ellos y para con la sociedad”.

“No podemos dejar de gritar contra aquellos que se enriquecen con el comercio de la droga causando daños incalculables y sobre todo irreparables a nuestros jóvenes, sepan que quienes ganan el pan por la venta de drogas no pueden ganar pan a costa de la vida de los demás, y quienes lo hacen por avaricia están faltando a la justicia y tendrán que pagar un día muy caro todo lo que causaron a los demás; así, se destruyen a sí mismos para esta vida y también para la eternidad”, denunció fuertemente Mons. Montero en el contexto de esta predicación profética.

Finalmente, podemos recordar que el día siguiente dos significativos grupos de peregrinos arribaron hasta la casa de la Madre, cuando a media mañana llegaron los romeros procedentes de Pérez Zeledón, y al ser el medio día los romeros de Coto Brus, estos últimos miraban así culminados nueve largas jornadas de camino.

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