Homilía de la Epifanía (Institución de Ministros Acólitos)

Pronunciada por: Mons. Fray Gabriel Enrique Montero Umaña.

Vamos a reflexionar sobre la grandeza de esta fiesta de la Epifanía, desde luego sin perder de vista ese acolitado de Carlos Wilfredo y Jorge Alex. Pero la fiesta en sí es muy grande, Epifanía es una fiesta más antigua que la Navidad. En Oriente ya se celebraba la Epifanía antes que se celebrara la navidad, sobretodo en occidente.

Y qué es lo que celebra la Epifanía, pues la llegada de aquellos Magos que venían del Oriente, a Belén a encontrar al Niño recién nacido, guiados por una estrella; esto que nos acaba de narrar el Santo Evangelio. Y ¿cuál es el significado de este acontecimiento que sólo San Mateo nos narra, el único evangelista que nos transmite este hecho? Pues quiere significar la llegada al cristianismo, es decir, al Señor Jesús en este caso recién nacido. La llegada de todas las naciones, todos los pueblos, todas las naciones lo adorarán. Vendrán a adorarlo, como vinieron a adorarlo aquellos Magos, que no son magos de esos que pensamos nosotros, verdad… que sacan conejitos y quién sabe qué, no son magos de esos, no. Son magos porque eran personas sabias del oriente que se dedicarían seguramente a estudiar el firmamento, a estudiar las estrellas, los astros y fue así como el Señor se les reveló y a través de aquella estrella fueron guiados hasta donde estaba el Niño. Ciertamente que andando en camello o lo que fuera por mucho, por mucho tiempo, venían del lejano oriente.

El significado más profundo de esta fiesta entonces es que el cristianismo, es decir, la nueva religión que Jesucristo ha venido a traer a la tierra, es una religión para todos los pueblos. Esto es una novedad total. Las religiones eran en su tiempo para una familia, allá tal vez después para un clan o para una tribu, la religión era para un cierto pueblo, una cierta raza, nada más, no para todos los pueblos. Esto es totalmente nuevo con el cristianismo. El Señor quiere que quede muy claro que él ha venido para todos y que todos tienen derecho a conocerlo, porque todos encontrarán en él y sólo en él, la salvación. No hay otro, dice el texto de los Hechos de los Apóstoles, dice San Pedro iluminado por el Espíritu Santo, no hay otro nombre en quien podamos aquí debajo en la tierra o en el cielo, en quien podamos obtener salvación. Pero la salvación que él ha venido a traer es absolutamente para todos, chinos, negros, blancos, ricos y pobres, viejos y jóvenes, de toda clase de condición social y de todos los pueblos y naciones de la tierra, todos tendrán la ocasión de conocerlo, para poder adorarlo como lo adoraron los Magos. Esto no fue tan fácil aceptarlo la humanidad, no fue tan fácil para el pueblo judío, los primeros cristianos que venían del judaísmo, no podían aceptar así no más, como lo dice San Pablo hoy en la segunda lectura, que los paganos van a ser parte de este pueblo, que los paganos serán un solo cuerpo con nosotros, cuando hasta ahora han pensado ellos tan mal de los gentiles, los paganos, cuando hasta ahora no habían pensado que ellos no se iban a salvar, que ellos no eran pueblo de Dios y ahora viene Jesucristo y dice No, aquí entran todos, aquí se van a salvar todos los que crean en él, sin distinción de judío o gentil, etcétera. El mal, dice San Pablo, de los dos pueblos hizo uno solo formando un solo cuerpo, muy duro para los judíos esto, muy difícil, después terrible aceptar esa religión, ellos empezaron a pensar que la nueva religión, poco diferente a su religión judía, pero que iba a ser solo para ellos. Pero el Señor dijo, no señores, no es así.

Y cuando eso, podríamos pensar hoy, y todos esos pueblos que son la inmensa mayoría de los habitantes de la tierra, que no conocen a Jesucristo todavía, dos mil años después de que vino y todos esos pueblos que tal vez no se interesan en él, tal vez hay quienes no quieren creer en él, porque no les interesa. Tenemos un caso muy claro hoy en el evangelio y es Herodes, Herodes dijo que tenía intereses en ese Niño y le dijo a los Magos que fueran y se informaran y vinieran a avisarle para ir él a adorarle. No, no, no iba a ir a adorarlo lo que quería era matarlo. Se mostró el primer interés morboso en él. De quienes quizás tenga interés en él, pero no quieren cambiar su vida como él lo pidió, por tanto no les interesa Jesucristo. Pero nos preguntamos y qué será de todos esos pueblos, se van a salvar, como se van a salvar si no tienen a Jesucristo, si él es el único salvador y el Concilio Vaticano II hace 50 años nos dijo se van a salvar, se van a salvar porque es Dios quien los salva y es Jesucristo quien los salva en la manera que Dios lo quiera y nosotros no podemos atar las manos. ¿Ah entonces para qué ser católico? ¿Entonces para qué ser cristiano? Si todos se salvan, si nos encontraremos a todos en el Reino de los Cielos, entonces de qué sirve ser cristiano; ¡esa no es la idea!, la idea es que cada cual sigue a Dios según su conciencia y cada cual será juzgado al final de su vida, según su conciencia, según entendió a Dios, y según entendió a su religión y si la practicó sinceramente según su conciencia, así se va a salvar.

Pero ¿algún día, los 6 billones de habitantes de la tierra que no conocen explícitamente a Jesucristo, lo conocerán? No sabemos, eso permanece en los misterios de Dios. Lo único que sabemos por la Escritura es que llegarán a conocerle y aceptarle los judíos, el pueblo judío, el pueblo escogido de Dios en el Antiguo Testamento, llegará un día al conocimiento y aceptación de Jesucristo. De los demás no sabemos. Lo importante es lo siguiente: que nosotros entendamos que el Señor Jesucristo debe ser conocido por todos, que es el único Dios Verdadero y que él es la revelación plena de Dios a nosotros, la última palabra, palabra de Dios sobre la historia y sobre el mundo. Que el Señor Jesucristo, por él se salvarán todas las naciones de la Tierra, aunque nosotros no sepamos exactamente cómo Dios aplicará a ellos los méritos de la Pasión y Muerte y Resurrección del Señor Jesucristo, pero podemos estar confiados en eso que nos lo dice claramente la Iglesia hoy día.

Pero por eso no van a cesar las misiones, por eso no vamos a dejar de predicarlo, por eso todas las naciones tienen que conocer su evangelio y poco a poco irán posiblemente cambiando su vida según el modelo del evangelio que el Señor nos reveló.

Hermanos, no nos debe preocupar tanto aquellos billones de gentes que todavía no conocen a Jesucristo, no nos debe preocupar tanto ellos, ¡no! Lo que nos tiene que preocupar es pensar ¿por qué será que hay tantos billones que no conocen a Jesucristo?, ¿no será por culpa de nosotros los cristianos?, ¿no será que hemos reducido demasiado a nosotros?, ¿que lo hemos querido sólo para nosotros?, ¿que hemos sido demasiado complicado y difícil para los demás?, ¿no será que hay muchos que no creen por la mala vida de nosotros los cristianos? Porque hay muchos que dicen, por ejemplo, a mí me gusta Jesucristo, yo admiro a Jesucristo, yo admiro el evangelio, pero yo no me haría cristiano, yo no me haría cristiana. Recuerdo una reunión en la que un judío había dicho una vez: a mí no me llamen cristiano, porque yo cristiano no soy, porque yo no quiero identificarme con aquellos que hicieron tal guerra y mataron a tanta gente y no sé cuánto y decían ser cristianos. Hoy dirían a mí no me llamen cristiano, porque vea cómo viven los cristianos, están todos divididos, y están los unos contra los otros. ¡Allí no está Jesucristo, no puede estar! Algo anda mal en todo esto y muchos dirán yo no creo en Jesucristo por esto. También Gandi, aquél gran hombre de la India, Gandi dijo yo admiro a Jesucristo, yo admiro al Evangelio y yo admiro las bienaventuranzas, lo que no me convence es la vida de los cristianos. Eso es lo que a mí no me convence y por eso no me hago cristiano. ¡Eso sí tiene que preocuparnos!.

Hoy la primera lectura del profeta Isaías nos habla de la Jerusalén que estaba viviendo junto con otros pueblos en las tinieblas, pero ahora le ha brillado una gran luz, ahora esa Jerusalén será radiante ante todos los pueblos y todos vendrán a ella y todos vendrán a traerle dones y vendrán a ella las riquezas de la tierra y nosotros sabemos muy bien que esa Jerusalén no es la Jerusalén actual , la Jerusalén física -material de hoy día, es la Nueva Jerusalén, la cual el Señor ha querido quedarse con nosotros, y esa es la Iglesia, no por mérito nuestro, no tenemos ningún mérito para ser miembros de esa Iglesia, ninguno y no somos mejores que nadie, aunque deberíamos serlo, pero nosotros no tenemos ningún mérito para ser católicos o cristianos. Pero esa es la Jerusalén que Dios quiere embellecer, que quiere que brille ante todos los pueblos por su santidad y por la santidad de cada uno de sus miembros, a la luz de la Epifanía que estamos celebrando hoy. Lo que el Señor quiere es que cada uno de nosotros sea para los demás como una estrella capaz de guiarles hasta encontrar a Jesucristo, para que todos los pueblos a la luz de la Iglesia puedan ver la luz del Cristo que acaba de nacer en medio de nosotros y vengan también ellos a adorarlo. Cada uno de nosotros está llamado a ser una estrella para los demás que les conduzca a Jesucristo.

Estos jóvenes que hoy van a hacer el acolitado, que se preparan para el sacerdocio, nosotros sacerdotes, yo obispo, el Papa, todos, todos estamos llamados a ser estrellas lucientes que iluminen la vida de los demás y que les conduzca a Jesucristo. También nosotros estamos llamados a ser como los Magos, que se dejan guiar por esa estrella, como esos Magos que fueron a adorarlo y que lo reconocieron y que le llevaron dones, que como dice hoy la Iglesia, no es oro, incienso y mirra, sino los dones de nuestra propia vida; poder ofrecerle a él lo mejor de nosotros mismos y que todos viendo nuestras parroquias y todos viendo nuestras comunidades cristianas puedan decir ¡allí está el Señor!, nosotros creemos en ese Señor, en Jesucristo, porque lo vemos reflejado en la vida de esos cristianos y de esas comunidades cristianas y de esas parroquias y esas diócesis.

Hermanos y hermanas mientras continuamos orando por ellos y hacemos la ceremonia del acolitado recordemos que el Señor nos está llamando, salgamos de aquí con el deseo también de brillar como él lo quiere por nuestra vida santa, por nuestras buenas obras y así también celebraremos una Epifanía continua en nuestra vida. Así sea.

 

 

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