Homilía Ordenaciones (8 diciembre 2018)

Una vez más nos permite el Señor celebrar en esta catedral la ordenación de dos hermanos nuestros, uno para el sacerdocio y otro para el diaconado. La llamada al ministerio ordenado es, en efecto, obra exclusiva de la gracia de Dios, una dignación total de su misericordia, pues el ser humano no tiene en esto más mérito que su humilde y fiel colaboración a una vocación que rebasa todas sus humanas limitaciones.
Tenemos hoy la feliz oportunidad de celebrar esta ordenación en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, lo que no hace sino resaltar la santidad y la grandeza de las órdenes sagradas que hoy nuestros hermanos reciben. En la Inmaculada Concepción la Iglesia universal celebra la victoria de la gracia de Dios en un simple ser humano, en quien el pecado no entró lugar alguno y por quien se inauguró en el mundo una nueva humanidad. ¡Qué hermosa y santa vocación la de un ministro ordenado: ser parte del ejército de aquellos que, ya liberados como ella del pecado, se convierten en constructores de esa nueva humanidad! De allí que estos dos hermanos nuestros, y con ellos todos los que indignamente hemos sido llamados al ministerio ordenado, no debamos olvidar nunca el papel de compañía y protección materna que juega la Virgen María al lado de los que comparten tan de cerca la misión de su Hijo aquí en la tierra.
Las lecturas de la Palabra de Dios en esta solemnidad son de una riqueza especial y nos ayudan a valorar mejor, tanto la grandeza de nuestra fe cristiana como la santidad del sacerdocio. La descripción de las consecuencias del primer pecado en la primera lectura de hoy, es un testimonio elocuente de ese mundo tenebroso en que se encuentra la humanidad desde el momento de aquella primera desobediencia. El Señor Dios aparece en la escena como Aquél que ayuda a nuestros primeros padres a tomar conciencia de la gravedad de su pecado, al tiempo que les lleva a asumir las consecuencias de su equivocada actuación. Dios no aparece ante Adán y Eva como juez implacable y castigador, con un arma mortífera para acabar con la vida de sus creaturas. Dios sigue siendo con ellos el padre y el amigo que entra en diálogo con sus hijos amados y les pide cuenta de su comportamiento. Quiere llevarlos no a la muerte, sino al dolor del pecado y al cambio de vida. Su enojo se descarga más bien contra quienes fueron instrumentos del mal para llevar al ser humano a su primera caída. En medio de un justo enojo, aparece el maravilloso anuncio de la salvación: una mujer y su desobediencia serán los vencedores de aquel que de momento había triunfado. Adán mantiene su autoridad y Eva adquiere su dignidad como madre de todos los vivientes.
El sacerdote, pecador como es, está también llamado a acercarse a la realidad de ser humano caído y ayudarle a salir de su pecado. No lo hace con ira ni violencia, sino con la delicadeza de un padre y hermano que actúa en nombre del Señor. Se trata de ayudarlo a levantarse de su caída y no de hundirlo más en el abismo del mal. Se trata de ofrecerle el gran anuncio de la salvación y la esperanza segura de redención en Jesús y María, que han derrotado a la serpiente. El pecado no hace a nadie perder su dignidad de hijo o hija de Dios, sino que debe llevarlo a cobrar nuevas fuerzas para cumplir mejor su misión sobre esta tierra. ¡Cuánta misericordia debe albergar el corazón de un sacerdote, cuánta humildad, cuánta sabiduría y cuánta firmeza para mantenerse fiel en su lucha contra el pecado, sin sucumbir a tanta influencia del mal que nos rodea diariamente!
El Evangelio de hoy con su relato de la Anunciación es un testimonio maravilloso acerca de la grandeza de María. ¡Cuánto respeto de parte de Dios, a través del Ángel, pro aquella humilde creatura de Nazaret! ¡Cuánta admiración divina por la llena de gracia, la que va a concebir y dar a luz al Hijo mismo del Altísimo! En fin, todo el relato es motivo de profunda reflexión y de sincera gratitud de nuestra parte. Sin embargo, el punto culminante de este drama humano-divino es el momento del FIAT de María, su compromiso simple y generoso que la llevó a arriesgarlo todo para permitir que el plan salvador de Dios se llevara a cabo. ¿Cómo no pensar en el contexto de esta ordenación, en el FIAT que dentro de poco, pronunciarán estos dos hermanos nuestros quienes, arriesgándolo todo y sacrificando no poco, hoy se comprometen a servir al Señor y a su Iglesia con todo amor y con generosa entrega? ¿Cómo no invocar todos nosotros a la Virgen Inmaculada, aquella sierva del Señor que, en nombre de la entera humanidad, dio su sí definitivo para que llegara a todos la gracia de la salvación? ¿Cómo no elevar hoy y siempre a Dios una oración ferviente por estos hermanos nuestros que hoy, llenos de ilusión y esperanza, pero a la vez conscientes de su pequeñez y de sus limitaciones, ofrecen su vida al Señor como inmolación amorosa por su santa Iglesia?
Ser sacerdote de Jesucristo nunca ha sido pequeña responsabilidad, y menos en el mundo de hoy que ha perdido tanto el sentido de lo religioso, los valores morales, la posibilidad de un compromiso hecho por toda la vida, y la absoluta necesidad del sacrificio hecho gratuitamente por el bien de otros. Pareciera que somos sacerdotes en medio de una humanidad que nos considera piezas de museo, profetas de desgracias y objetos de fácil descarte. Estamos pasando como Iglesia momentos difíciles, todos los sabemos. Las constantes acusaciones en contra de los abusos sexuales de menores de parte de un buen número de clérigos, no son pocas y no son siempre mala voluntad contra la Iglesia de parte de quienes las denuncian. Las resistencias que está encontrando el Papa Francisco para lograr las tan necesarias reformas en la Curia Romana restan fuerzas no sólo al Papa mismo en avanzada edad, sino también a cambios que en la Iglesia requieren pronta realización. El uso indiscriminado de las redes sociales contra la Iglesia y contra la religión hace aparecer como verdades lo que verdad no es, y como real escándalo lo que no es quizá sino una simple insinuación. Sin embargo, ¡no debemos desanimarnos!
Los momentos actuales no son los peores que ha vivido la Iglesia ni mucho menos. Hay verdaderos profetas de desgracias anunciando ya el fin del cristianismo y la muerte de la Iglesia Católica. Nada más lejos de la realidad. Los valores del Evangelio se siguen extendiendo con energía a todos los rincones de la tierra y siguen penetrando las capas más profundas de nuestra sociedad, aun cuando muchos no lo ignoran y cuando menos otros no lo querrían. Los santos y los mártires en la Iglesia no parecen tener fin, para gloria de Dios y extensión de su Reino. La forma valiente como la Iglesia Católica ha sabido reconocer sus errores históricos y actuales y la manera firme como está actuando en contra de toda clase de abusos, sobre todo de parte de los clérigos, no tiene ningún parecido con el comportamiento de otras grandes instituciones y gobiernos de este mundo. Nuestra Iglesia no ha tenido miedo de perder popularidad, pues solo quiere que se mantenga incontaminada la fuerza del Evangelio que hemos sido llamados a predicar y a vivir. En medio de una sociedad como la nuestra que en buena parte admite y hasta alaba realidades como la ideología de género, la homosexualidad o el matrimonio gay, el Papa Francisco se opone públicamente a ellas, mientras pide que se respete a las personas que las creen o las practican. La oportunidad que se le presenta hoy día a nuestra Iglesia de superar los obstáculos y salir más bien fortalecida aun en medio de la crisis, es simplemente maravillosa. Crisis mucho peores ha tenido que enfrentar en el pasado y ninguna de ellas ha podido con la eterna promesa del Señor: “…y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18), ni contra el poder del Espíritu Santo que permanentemente la anima.
Queridos Carlos Wilfredo y Jorge Alex, muy pronto Padre Carlos Wilfredo y Diácono Jorge Alex, también a ustedes, con esta ordenación de hoy, se les presenta la misma maravillosa oportunidad de ser una versión auténtica del verdadero sacerdocio de Cristo. La reciente llamada del Papa Francisco a la necesidad de la santidad para todos los cristianos se aplica, en primerísimo lugar, a nosotros los ministros del Señor. Lo que queremos y necesitamos son sacerdotes santos, es decir, profundamente fieles a su compromiso sacramental. No necesitamos sacerdotes celosos al inicio y luego, con el paso de los años, sacerdotes debilitados, tristes o comprometidos con el mal. El Papa nos habla en la Gaudete et Exultate del peligro de la corrupción espiritual y, por tanto, de la necesidad de estar en vela (cfr.#164), y añade: “la corrupción espiritual es peor que la caída de un pecador, porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito… (#165). Nosotros, hermanos sacerdotes, esforcémonos por una fidelidad a toda prueba.
El amor a la Iglesia, la comunión afectiva y espiritual con el Papa, con el Obispo y con sus hermanos sacerdotes, son indispensables para mantener la fidelidad. No caigan en el error de estar siempre fijándose en los errores de los otros sacerdotes y criticándolos, pues quien eso hace casi de seguro que tarde o temprano estará imitándolos. Fíjense en todo el buen ejemplo que encontrarán tanto en nuestra Diócesis como fuera de ella. Padres del pasado y del presente son dignos de toda admiración y es con su ejemplo que debemos fortalecernos. No tengan miedo a usar siempre algún distintivo clerical. Eso no los hace clericalistas; son dos cosas enteramente diferentes. Nosotros mismos necesitamos acordarnos a nosotros continuamente de que somos sacerdotes del Señor; el Pueblo de Dios admira y agradece que nos mostremos como tales. No se trata de volver con nostalgia a épocas pasadas de la Iglesia resucitando toda clase de costumbres y vestimentas que caracterizaban a los clérigos en siglos anteriores, ni tampoco de vestir con una especie de nuevo clericalismo de perfección romana, es decir, con mucha elegancia o impecabilidad. Somos una Diócesis pobre y servimos a un pueblo sencillo y humilde. Vistamos con sencillez y con mucha humildad.
No renuncien jamás a lo que es esencial para la fidelidad del sacerdote: la oración perseverante, la Liturgia de la Horas completa, la diaria Celebración Eucarística y la práctica regular de la Penitencia, la adoración eucarística, la pasión por el Reino de Dios, al amor a los pobres, la devoción a la Virgen Santísima. Y hablando de ella, recuerden siempre que fue en la solemnidad de la Inmaculada Concepción en que recibieron ustedes esta ordenación. Ella es abogada eficacísima para defendernos frente al peligro de la infidelidad. ¡Oh María, concebida sin pecado, ruega por nosotros que recurrimos a ti!

+ Fray Gabriel Enrique Montero Umaña
Obispo Diocesano

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