Homilía Segundo Domingo Tiempo Ordinario (Ordenación Sacerdotal)

Homilía pronunciada por: Mons. Fray Gabriel Enrique Montero Umaña.

Una eucaristía sumamente importante como decíamos al inicio, en primer lugar desde luego en la vida de César que se ha venido preparando por largos años y a través de un proceso formativo, largo… a través no solamente de estudios sino que también ha venido deseando, esperando, este momento que por fin le llegó. Esperamos que así sea, verdad, faltan unos minutitos, pero esperamos que llegará y que llegaremos nosotros, sobre todo yo.

Es un día muy grande, porque es muy grande para la Iglesia Católica el sacerdocio, el sacerdocio es grande para la Iglesia, para las comunidades y es grande porque así lo dispuso Dios, y él quiso quedarse con nosotros, no sólo fue importante porque hubo aquí en la tierra, sino que era necesario para que pudiera continuar su obra a lo largo de todos los siglos…

¿Qué hace el sacerdote? ¿Para qué sirve? ¿Cuál es su función? El sacerdote es el que hereda a través del obispo las tres funciones, las tres misiones que tiene el mismo Jesucristo; Jesucristo es sacerdote, Jesucristo es profeta y Jesucristo es Rey. Estas tres características existían ya en el Antiguo Testamento, las hereda el Señor Jesucristo en una sola y las va a comunicar a los obispos sucesores de él en primer lugar, para después los obispos comunicarlas a sus inmediatos colaboradores, los sacerdotes. Entonces César hoy va a ser ordenado, sacerdote, profeta y rey. Sin embargo, nosotros decimos nada más sacerdote, pues sí, así se resume, pero son tres las misiones, son tres las funciones: sacerdote, profeta y rey.

Como sacerdote pues tiene efecto litúrgico y sacramental ofreciendo sacrificios en nombre del pueblo y siendo mediador entre Dios y los hombres, haciéndolo presente en medio de ellos en la Eucaristía y en por medio de la oración, lógicamente incluye la oración, porque ¿qué es la liturgia sino oración?

La otra parte es sacerdote, ¿qué sigue?, profeta. Como profeta está llamado a enseñar, Dios le ha llamado a ser… a junto el pueblo discernir los signos de los tiempos, que ayude al pueblo también a ser fiel a su compromiso, a la alianza que ha hecho con Dios y Dios con ese pueblo. Como profeta también tendrá esa tarea tan delicada y tan molesta de decir la verdad, es decir sin ninguna acepción de personas, sin ningún temor, tener que decir la verdad a todas las personas, sin dejarse comprar por nadie, sin callar la verdad cuando haya que decirla, callando solamente cuando el Señor le manda callar, pero hablando siempre que hay que hablar en su nombre. Tarea profética no muy agradable ciertamente.

Y después tiene que ser, rey. ¿Qué quiere decir rey?… Para la comunidad cristiana como pastor, esa es la palabra a usar en vez de rey, porque rey suena como una cosa de mucho poder y de mucha plata, como algo muy grande a los ojos del mundo. Nosotros no tratamos de ser grandes a los ojos del mundo, sino grandes a los ojos de Dios, no a los ojos de la sociedad; y en cuanto al rey tendrá la autoridad para mandar, pero para mandar como mandó Jesucristo, para servir… del verdadero rey, aquél que sirve, aquél que está para hacer la voluntad de Dios y como dice allá el texto del salmo, que pusieron allí muy bonito, Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad, no para hacer que la gente haga mi voluntad. A veces un sacerdote llega a una parroquia y empieza a decirle a la gente sin decírselo, aquí estoy yo para que hagan mi voluntad, no es eso, ¿verdad que no? El sacerdote no va a una parroquia, ni a ninguna parte a decir ahora ustedes hagan mi voluntad, nada, ahora nosotros, nosotros como pueblo de Dios vamos a buscar juntos la voluntad de Dios y vamos a comprometernos juntos a hacer la voluntad de Dios. Sacerdote, profeta y rey.

César tienes que ser honesto, porque estos elementos pueden ser traicioneros, habrá quién le guste mucho ser sacerdote, ofrecer sacrificios, ofrecer misas y termina solamente dando misas, pero no ora; da misas, pero no ora. ¡Qué curioso, eh… Uno puede dar misas, celebrar misas, pero no orar. Es decir, no ser una persona orante. Como sacerdote tienes que ser en primer lugar, orante tú; para que puedas hacer un pueblo orante, enseñar la liturgia es una forma particular de oración, y orar litúrgicamente con el pueblo y celebrar para ellos los sacramentos, todo eso es grandioso, es maravilloso, es extraordinario. Ah pero alguno puede ser que le guste sólo eso, pero cuando viene ser profeta, no. Ahí no quiere ser profeta. Muy pocos buscan el sacerdocio para ser profeta, para ser sacerdote, sí. Y muy bonito ser rey, ah sí si es de mandar y todo eso sí es muy bonito, yo quisiera ser rey también claro, si se trata de mandar, tener poder, ah sí también, verdad… Ah ¿pero entonces quiere ser rey pero no quiere ser profeta? O tal vez ¿quiere ser profeta pero no quiere ser sacerdote? Porque no quiere la dimensión de la oración y de la vida litúrgica de la Iglesia. No se puede ser una cosa sin la otra, hay que tratar de ser las tres cosas al mismo tiempo: sacerdote, profeta y rey. Bien entendidas como las entendió Jesucristo y como las entiende la Iglesia hasta hoy día.

Las lecturas de hoy pueden ayudarnos y nos dan tres dimensiones del sacerdocio, y hay muchos otros, pero vamos a tratar estas tres hoy nada más, que nos dan hoy las lecturas. En primer lugar la del profeta Isaías, la del Siervo del Señor, el Siervo de Yavhé. Aquél a quien el Señor dice Yo te llamé y yo te consagré desde el seno materno; sí, ahí tenemos la importancia del contacto con la Palabra de Dios, ese es un primer rasgo primordial del sacerdote, tiene que amar profundamente la Palabra de Dios, tiene que leerla, estudiarla, obrarla, enseñarla y sobre todo practicarla. La Palabra de Dios sea para ti absolutamente vital como al siervo de Yavhé, aquél Mesías Siervo de Yavhé, la Palabra te va a enseñar a conocer cuál es…, ya como sacerdote, el tendrá misiones específicas para ti, ¿qué es lo que quieres de mí?, preguntárselo continuamente, escudriñar su Palabra, a través de ella, conocer su voluntad para hacerla. Dice hoy este mismo texto de Isaías Y yo te nombré para unificar a mi pueblo, para que fueras lazos de unión y me anunciaras a ellos y ellos pudieran glorificarme. ¡Qué maravillosa tarea de un profeta, qué maravillosa tarea del Siervo de Yavhé, del Siervo del Señor; que además ésta es la imagen perfecta para un sacerdote, como lo es para un obispo, como lo es para el Papa, ¡la imagen del Siervo de Dios, es un siervo de Dios, es uno que ha entregado su vida al Señor para que el pueblo lo conozca, para que con él el pueblo lo glorifique, para que con él el pueblo haga su voluntad. Y dice al final de la lectura de hoy, de la primera lectura, una cosa muy bonita, como si se le estuviera olvidando algo al Señor y dice: ¡Ah, pero yo no te llamé sólo para que unificaras a las tribus de mi pueblo, no. Eso sería demasiado poco y para que me trajeras a Israel a su tierra, eso sería demasiado poco. Yo te llamé para ser luz de las naciones, te llamé para ser luz de las naciones. Lo que la Iglesia quiere ser ella misma, lo que Dios quiere que la Iglesia sea, lo que Dios quiere que sea cada cristiano, luz para las naciones, es decir, luz para todos, Todos los atraiga al Señor y los lleve a glorificar su nombre… Si te mantienes cerca de la Palabra y cada Palabra de la Escritura, en función de tu sacerdocio nunca vacilará tu vocación. Hay sacerdotes, triste decirlo, para quienes la Palabra de Dios no ocupa un lugar importante. Hay sacerdotes, como hay cristianos, para quienes el fútbol, los deportes, las películas, las novelas, las telenovelas, hasta el periódico La Nación y todo lo demás ocupan un papel más importante que la Palabra de Dios. ¡Eso para el sacerdote no puede ser. Tu libro principal y continuo de oración y discernimiento es la Palabra de Dios, si no va a ser muy mal profeta.

¿Qué dice hoy el evangelio? El evangelio de hoy nos presenta a Juan el Bautista, un Juan Bautista, ese gran hombre que vino a preparar el camino del Señor. Pero no para darse fama él, sino para mostrar al que es el verdadero … Yo no soy el Mesías, decía Juan continuamente. El que viene detrás de mí, es más grande que yo, existía antes que yo. Juan el Bautista también dice que había sido consagrado desde el vientre de su madre, Juan el Bautista que dijo cuando vio venir a Jesús, Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Yo trataré aquí en el sacerdote si no dirigir a la gente hacia el encuentro con Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y qué otra tarea que decirse a sí mismo y decirle a la gente, ¡yo no soy el Cristo, no me tienen que servir a mí, no me tienen que alabar a mí, no me tienen que agradecer a mí, yo no soy el foco de atención, el que viene detrás de mí, él es el importante, él es mucho más grande que yo, yo les bautizo con el agua, dice Juan hoy…, pero aquél que vendrá les bautizará con el Espíritu Santo. Pero qué grande tarea la nuestra que es lo mismo que tenemos que hacer, nosotros en el nombre de Cristo, bautizamos y damos el don del Espíritu Santo, en el bautismo y los demás sacramentos. Importante César que recuerdes a Juan Bautista, Juan Bautista es indispensable en el cristianismo, el cristianismo no sería lo que es, Jesucristo no sería lo que es, si no hubiera existido un Juan Bautista, él vino entre muchas cosas a recordarnos que nosotros teníamos que vivir para señalarlo a él y señalarle a él a todos como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Haciéndonos nosotros aparte, disminuyendo nosotros para que él crezca, esa es la humildad que tiene que tener el sacerdote, esa es la humildad que tiene que tener la Iglesia, hacerse de lado, ocultarse, no pretender ser importante, simplemente querer que él sea el que venga y que él sea el que sea conocido y que sea él el que sea alabado.

Y en la segunda lectura y con eso termino, hoy San Pablo a los corintios en la introducción a la carta a los corintios, se dirige con infinito respeto a la comunidad cristiana, la comunidad de los santos, de aquellos que hay sido consagrados y santificados en el nombre del Señor Jesucristo y a ellos les habla con gran cariño y a ellos les habla con gran respeto; César, toma tú también en cuenta a la comunidad, ellos son nuestro referente, los miembros del pueblo de Dios son todos santos, porque todos han sido santificados en el nombre del Señor Jesucristo, hay que respetar su palabra, hay que respetar su dignidad, hay que respetar su aporte, hay que darles el lugar que se merecen en la Iglesia; por el hecho de ser nosotros quienes presidimos al pueblo en el nombre del Señor Jesucristo, no quiere decir que ellos sean de segunda clase. Los laicos no son cristianos de segunda clase, son junto con nosotros un pueblo donde solamente hay primera clase, no es tercera clase. No. Todos somos primera clase. Ahí no hay ni segunda, ni tercera clase, porque no somos mantequilla, ni el sacerdote es mantequilla, ni la gente es mantequilla tampoco. Todos en el pueblo de Dios somos primera clase, es decir, absolutamente importantes a los ojos de Dios. En la medida, en otras palabras, en que un sacerdote, volviendo a las lecturas, tenga la Palabra de Dios como continuo referente, tenga a Juan el Bautista y al Cordero de Dios que quita el pecado como meta y dirección constante de su vida y tenga la comunidad, al pueblo de Dios, como aquél a quien el Señor le ha confiado, ese sacerdote, va a ser un buen sacerdote. Lo que pedimos para ti hoy y para siempre. Así sea.

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