Homilía Solemnidad Cristo Rey del Universo (Clausura del Año Jubilar)

        Homilía pronunciada por: Mons. Fray Gabriel Enrique Montero Umaña

        Bien hermanos y hermanas, ¡qué difícil!, qué difícil tratar de predicar en una fiesta como ésta, donde además de ser una fiesta tan grande, tan bella, tan extraordinaria, este día de Cristo Rey se junta pues el final de este Año Jubilar, la conclusión, el cierre de la Puerta Santa.

        Hay una frase que dice hoy San Pablo a los colosenses, en la segunda lectura, hablando acerca de Jesucristo, porque quiso Dios reconciliar en él todas las cosas por la Sangre de su Cruz. Repito, porque quiso Dios reconciliar consigo todas las cosas, por la Sangre de su Cruz.

        La razón por la cual uso esta frase es porque ahí está la palabra recapitular y eso es en cierta forma lo que estamos haciendo hoy, “recapitulando”. Recapitulando primeramente el año litúrgico que termina, el cierre de un año litúrgico. Por lo menos hoy domingo, nos queda esta última semana, pero ya hoy es el último domingo de este año viejo. El cierre de un año es para recapitular, ¿no es cierto? El cierre de un año es para dar un recorrido por ese año que termina. Por tanto muchos de nosotros estaremos imaginándonos, pensando, ¿bueno y cómo pasé yo este año litúrgico que termina?, empezamos un poco a recapitular todo lo que significó este año litúrgico. Pero es que este año tuvo una característica particular, este año, desde el día de la Inmaculada Concepción del año anterior, ya estábamos nosotros, inaugurando este año Santo de la Misericordia. ¿Cómo podríamos recapitular lo que ha significado este Año de la Misericordia? No se me ocurre nada sino compararlo, y Dios no lo quiera, a una gran inundación, una de esas que están sufriendo nuestros hermanos del sur, o de esas grandes inundaciones que a veces se oyen en varias partes del mundo. Hemos sido inundados, pero inundados de los ríos de la Misericordia, hemos sido inundados pero de la Gracia de Dios.

        En esta iglesia, como en tantas otras de la parroquia, como en tantas otras, perdón, de la Diócesis, como en tantos otros lugares de Costa Rica y del mundo entero, la humanidad se ha avocado a vivir un Año de Misericordia y todos de alguna manera u otra hemos experimentado el toque de la Misericordia de Dios, a todos nos ha llegado, es casi imposible pensar que en una gran inundación nadie se va a mojar, ¡imposible! en una gran inundación nadie va a quedar seco. Todos nos hemos mojado, todos hemos sido rociados con esa agua que no es simplemente agua bendita, es la Gracia de Dios, es la fuerza de su Espíritu, es la abundancia de su Misericordia. ¡Cuántas cosas han pasado en este año! Buena parte de eso podría dar testimonio el padre Pedro Obando que fue uno de los misioneros de la Misericordia, pero todos nosotros sacerdotes, párrocos, en fin, hemos sido testigos de la inmensa cantidad de gente que ha vuelto su corazón a Dios, de la gente que se ha acercado un poco más a la iglesia, de la gente que ha participado no en una sino en varias peregrinaciones. A mí todavía hoy me llamaba la atención y me tocaba el corazón cuando veía que hoy último día, día del cierre del Año Jubilar, aún hoy venían peregrinando varios grupos de personas hacia la catedral. Y aún hoy, como ven, está esta catedral llena, significando la abundancia de todos aquellos que hoy queremos dar gracias a Dios por habernos llenado de su Misericordia. ¡Cuántas confesiones, imagínense! ¡Cuántas oraciones! ¡Cuántas peregrinaciones! ¡Cuántas veces se ha pasado por esa Puerta Santa! ¡Cuántas personas habrán vivido este año de manera muy intensa! Sería imposible recapitular todo eso, sólo Dios lo conoce y eso imaginarnos solamente nosotros aquí, multipliquemos eso por cualquier cantidad de diócesis en el mundo entero.

        Una palabrita acerca de Cristo Rey, no podemos dejar pasar la oportunidad de este día tan maravilloso para recordar una vez más quién fue y quién ha sido la causa de este año. ¿Quién es aquél que nos ha tocado con su mano poderosa?, ¿quién es aquél que ha derramado sobre nosotros abundantemente su Santo Espíritu?, ¡Es Jesucristo! ¡Es el Rey del Universo, es el Señor de los cielos y de la tierra! ¡Es el Rey de reyes y el Señor de señores! Es aquél por medio del cual fueron hechas todas las cosas y aquél en quien todas las cosas tienen su fundamento y tienen su culminación. Es a él a quien hoy celebramos. Debemos sentir la alegría de ser nosotros, aunque de manera totalmente indigna, de ser aquellos que van caminando detrás de tan grande Rey. ¿Pero cómo no sentirnos sanamente orgullosos de estar siguiendo un Rey tan grande y tan maravilloso?, es más es un rey que en este momento no se ve, es un rey en el cual nosotros creemos por la fe, es un rey que no cree en las apariencias, es un rey que no cree en el poder, es un rey que no cree en la dominación ni en las influencias humanas, ni en las glorias humanas, ¡nada de eso! Es un rey despojado de todo, es un rey reducido a toda mínima expresión, es un rey humillado, flagelado, escupido, azotado y ahora todavía nos lo presenta el Evangelio ya al momento de morir en la cruz, todavía allí las autoridades y los soldados se están burlando de él. Pero este rey todavía permanece impacible, ese rey decidió un día de tantos callar y permitir que hiciéramos con él cualquier cosa y de hecho hicimos con él lo que nos dio la gana y ese rey se mantuvo sereno, tranquilo, soberano y así llegó hasta el patíbulo de la cruz para mostrarnos que la cruz es el mejor lugar desde donde se puede reinar, no un trono humano, no un palacio hecho de manos humanas, no un montón de plata acumulado sobre el cual reina este Rey nuestro, ¡no! Él reina desde la cruz y quiere que nosotros entendamos que sólo desde la cruz se puede reinar.

        Quién más Rey, quién más dueño de sí mismo, quién más dueño de todas las cosas que él que desde la cruz escucha el lamento de aquél ladrón, de aquél buen ladrón que le dice: Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino, cuando llegues a la plenitud de tu reino, acuérdate de mí. Y ese Rey desde la cruz le dice: Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso, hoy mismo reinarás conmigo, estarás en mi Reino. ¿Quién puede decir de esa manera el destino eterno de una persona que durante su vida había sido un gran ladrón que, como él mismo dijo, estaban siendo llevados al suplicio de la cruz porque se lo merecían? Y sin embargo aquél que desde la cruz reinaba, fue capaz de perdonarlo y fue capaz de decirle Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso, es decir, hoy mismo yo decido tu destino eterno, hoy mismo yo decido que quedas salvado para toda la eternidad, ¿quién más?, ¿qué mejor Rey queremos, que más autoridad que quien tiene la autoridad de decidir el destino eterno de todos nosotros? Ojalá pudiéramos entender esto hoy que celebramos a Cristo Rey, es él quien tiene en su mano el destino de todas las cosas y es él quien tiene en su mano el destino eterno de cada uno de nosotros. Más vale que aprendamos el camino que él nos marcó, más vale que tratemos de construir aquí en la tierra un reino tal como él lo vivió y lo propuso y tal como nos lo mandó.

        Y termino recordándoles, porque quisiera que le presten atención y que ustedes también como yo se vayan dándole vuelta en su cabeza a las palabras que vamos a escuchar en el prefacio de hoy, la Iglesia comunicándonos este gran misterio de la redención y de la salvación eterna dice: cuando él entregará a su Padre un reino eterno y universal… eterno y universal… No hay nada que se le escape todo está bajo su autoridad, un reino de verdad y de vida. ¡Oigan las palabras!: un reino de verdad y de vida, un reino de santidad y de gracia, un reino de justicia, de paz y de amor. Es exactamente lo que nos está diciendo, eso es lo que yo quiero, eso es lo que yo quiero que se establezca en el mundo, por eso es que yo quiero que haya gente que me siga, pero que sigan a este Rey así como lo fui yo, que quiere y ama la verdad, que quiere y ama la vida y la defiende, que quiere y ama la santidad y la gracia porque todo este reino es pura gracia y que ama la justicia y la paz y el amor y que quiere que nosotros vivamos eso como realidades de cada día.

        Cómo decirles hoy, cómo, cómo hacemos para decir gracias, gracias Señor por este año extraordinario. Yo creo que en primer lugar a Dios, claro, y en segundo lugar al Papa Francisco que fue quien declaró este Año de la Misericordia, cómo no estar profundamente agradecidos a él que haya hecho posible en todo el mundo este año tan abundante y tan extraordinario. Continuemos agradeciéndolo una y mil veces, hoy y siempre. Así sea.

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