Homilía Tercer Domingo Tiempo Ordinario

Homilía pronunciada por: Mons. Fray Gabriel Enrique Montero Umaña.

Estamos en un momento muy importante de la vida de Jesús y un momento muy importante en la vida del cristianismo, es ni más ni menos que el comienzo del ministerio público de Jesús. De una forma muy sencilla, con pocas palabras, nos dice San Mateo hoy, dejó su ciudad de Nazareth y se fue a establecer al pueblo de Cafarnaúm y con esas poquísimas palabras nos está el evangelio indicando un acontecimiento trascendental que ha sido de capital importancia para toda la historia, para la historia del cristianismo, por tanto para la historia de la Iglesia y es de trascendental importancia para cada uno de nosotros.

Nosotros los católicos, no sé si los otros hermanos de otras iglesias no católicas, ¡no sé!, no hemos dado suficiente importancia a ese paso inmenso que dio el Señor Jesucristo entre su vida privada y su vida pública. Y como los evangelistas nada más dicen eso, lo único que dicen es que se movió de casa, como si alguno de ustedes o alguno de nosotros alista los chuicas y todo, y se cambia de casa, eso es todo. Un día de tantos Jesús se cambió de casa. ¡No, no! No es que se cambió de casa, es que cambió de vida totalmente, es que dejó la tranquilidad y la seguridad en que él vivía en Nazareth junto a su madre, suponemos que ya no existía su padre, pero junto a su madre María. ¡Absoluta tranquilidad! Tanto así que jamás tuvo ningún problema, nunca dicen los evangelios que haya tenido ningún problema durante su vida privada, para abrazar una vida totalmente diferente, lanzado completamente en medio de las multitudes, andando por las ciudades, predicando en las sinagogas, llamando a las gentes a seguirlo como hizo con los primeros discípulos hoy y llamando a todos a la conversión, ¡Conviértanse, el Reino de Dios ya está cerca! Dios está más cercano. Ya está en medio de nosotros. Dios quiere reinar en nuestro mundo. Se está inaugurando en este preciso momento el Reino de Dios sobre la tierra.

¡Qué momento más importante!, ¡qué momento más extraordinario el día que se inauguró sobre la tierra el mismo proyecto del Reino de Dios! Ese proyecto que va a culminar un día allá en la plenitud del Reino cuando Dios lo quiera. Ese proyecto que está caminando ahora en la tierra, que tiene dos mil y piquito de años de estarse desarrollando y caminando aquí en la tierra. Eso empezó aquél día en que Jesús abandona su casa en Nazareth y se establece en Cafarnaúm, una tierra de paganos, todo Galilea era considerada más o menos tierra de paganos, pero con más razón una ciudad como Cafarnaúm, donde va a constituir el centro de sus operaciones para todo el ministerio público que va a desarrollar. Qué admirable tomar en cuenta lo que dice hoy San Mateo, al puro comienzo del evangelio dice San Mateo, al enterarse Jesús que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea…, al enterarse Jesús que Juan había sido arrestado…, quiere decir que Jesucristo está tomando la batuta de Juan, está recibiéndole la bandera, la antorcha, porque él va a continuar ahora en su ministerio lo que empezó Juan el Bautista.

Y ¿dónde estaba Juan el Bautista?, ¡en la cárcel!, encarcelado por Herodes y muy posiblemente peligrando su vida, ¡claro!, como así fue. Y Jesús tiene la valentía de lanzarse a continuar sobre las huellas de un hombre que estaba en la cárcel y cuya vida estaba amenazada y él tuvo la valentía de seguir sus caminos, de seguir su ministerio. También él está arriesgando la vida, a partir del momento de su vida pública, a partir del comienzo de su vida pública, Jesús va a encontrar cualquier clase de problemas, toda clase de problemas imaginables rodearon su vida pública. ¡Ah!, pero él tuvo la valentía de tomar aquella decisión y quiso lanzarse a predicar la Buena Nueva a todos, porque quería cumplir aquello que decía el profeta Isaías y de lo cual nos habla la primera lectura de hoy y de lo cual nos va a recordar también Mateo en el evangelio de hoy, los pueblos que vivían en tinieblas vieron una gran luz, aquellos que caminaban en las sombras de la muerte a ellos una gran luz les brillló y Jesucristo efectivamente es esa luz que vino a iluminar la vida de toda la humanidad. Si aquel momento no se hubiera dado, ustedes y yo no conoceríamos a Jesucristo, ustedes y yo seguiríamos viviendo en la más absoluta tiniebla, pero él quiso venir a iluminar a la humanidad y nos ha iluminado también a nosotros.

Hermanos y hermanas tomemos en cuenta otra cosa, en el evangelio de hoy nos dice San Mateo que, él empieza a llamar a algunos a seguirlo y siguiéndolo, dejando las redes, dice, tanto Pedro como Andrés, como Santiago, como Juan, dejando las redes lo siguen a él, a quien les prometió convertirles ya en pescadores de hombres pero sin explicarles nada más, sin decirles nada más, sin explicarles nada más y dice que lo siguieron.

Bueno, pues cuán agradecidos tenemos que estar a Dios de que aquellos hombres escucharon la voz de Jesucristo y efectivamente dejándolo todo lo siguieron. Porque de allí venimos nosotros, de la fe de ello, del valor de ellos, de la entrega de ellos venimos nosotros y hemos heredado su misma fe, una fe que ellos mismos rubricaron con su propia sangre, ellos mismos sellaron con su propia sangre. ¿Por qué digo esto? Porque la llamada es para nosotros hoy. Nosotros somos los discípulos de Cristo, hoy, que continúan su misión. Nosotros somos aquellos que hemos escuchado su voz y hemos comprendido que él es la luz del mundo que Dios ha mandado para iluminar a la humanidad.

Nosotros también estamos llamados a anunciar la Buena Noticia a los demás, a hacer, a ayudarles a salir de las tinieblas para entrar en la luz admirable del Reino de Dios.

Pero la segunda lectura de hoy nos llama la atención y nos pone en guardia, San Pablo, escribiendo a los corintios les dice: ¡cuidadito, cuidadito! que supuestamente ustedes son también los discípulos de aquel maestro, ustedes también dicen haber creído en él y sin embargo están ¿Qué?… ¡Están divididos! Sin embargo están peleando entre ustedes, Yo soy de Pablo, Yo soy de Apolo, Yo soy de Pedro, Yo soy de Cristo, y todos o cada uno jalando para su lado, diciendo que cada uno es discípulo de uno o de otro, pero ¡la verdad es que todos mentían! porque ninguno era verdadero discípulo de Jesucristo. Estaban divididos. Digo esto también porque en estos días celebrábamos la semana de oración por la unidad de los cristianos al comienzo de enero hacia a finales de enero, la Iglesia nos pone la semana de oración por la unidad de los cristianos.

Es cierto que muchos de nosotros hemos escuchado aquella voz, es cierto que nosotros sin mérito nuestro hemos decidido seguirlo, arrepiéntase y crean en la Buena Noticia. El Reino de Dios está ya cerca. Sí, en cierta forma hemos escuchado esa Palabra y hemos seguido al Señor. Pero el Señor nos está llamando también la atención, ¡cuidadito, cuidadito! porque si hablamos de los cristianos del mundo también ellos están totalmente divididos, también ellos están diciendo: ¡yo soy católico!, ¡no. yo soy Testigo!, ¡no, yo soy evangélico!, yo soy esto…, yo soy el otro…, y todos predicando un mismo Cristo pero divididos entre nosotros. San Pablo, le recuerda hoy a los corintios: ¡cuidadito que no fue Pablo quien murió por ustedes, ni Apolo, ni Pedro, ni ninguno, el único que murió por ustedes fue Jesucristo y si creyeran en él, estarían profundamente unidos y no divididos como están hasta ahorita!

Por eso hermanos, veamos a ver nosotros cómo escuchamos esa voz del Maestro, cómo volvemos a revivir la alegría de esos comienzos de su ministerio público, cómo también nosotros nos ponemos a seguirlo escuchando su voz, pero que nuestro seguimiento sea sincero, que nuestra vida, una vida de unidad, de amor, de paz, de reconciliación, refleje claramente que somos sus discípulos. Así sea.

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