Mons. Ignacio Trejos Picado casi medio siglo de episcopado

La historia de este servidor del Señor en medio de su rebaño, inicia a mediados de la década de los 40 cuando “en la tarde las decisiones” como él mismo indica, tomó la decisión de iniciar el proceso diocesano y su ingreso al seminario; que años después le depararían el ser elegido para concluir sus estudios en Roma donde sería ordenado presbítero un 8 de marzo de 1952, hace hoy 65 años.

Así, inició su ministerio sacerdotal que le llevaría a diversas parroquias, como al difícil y peculiar servicio de formador de futuras vocaciones en el Seminario; muy pronto, sin buscarlo ni pretenderlo llegó la petición del mismo Sucesor de Pedro, cuando Su Santidad Pablo VI le elige como obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José.

Su ordenación episcopal, verifica la historia se realizó el viernes 8 de marzo de 1968 a las 9:00 am en la Basílica Nuestra Señora de los Ángeles en Cartago, hoy hace 49 años; para aquella ocasión, el mismo Pontífice le escribió una carta que el Eco Católico publicó dos días después de su ordenación, en la misiva fechada 5 de enero de aquel año, se puede leer: “querido hijo, mientras imploramos el auxilio divino para ti y para tu ministerio, te exhortamos a emplear todas las facultades que son muchas y excelentes no sólo para ayudar con acierto a tu dignísimo arzobispo, sino también para defender, en cuanto esté de tu parte, el pueblo confiado a su gobierno”; así, empezaba el camino de entrega de quien años después, y no sin pasar por la cruz, llegaría a nuestra diócesis a servir.

Con la muerte de Mons. Delfín Quesada Castro, primero obispo de la Diócesis de San Isidro, acaecida en octubre de 1974, se produjo la luz para que Mons. Trejos fuera trasladado al Sur del país. Al consultar a Mons. Trejos sobre estos primeros años de episcopado en San José, él no duda en referirse diciendo que fue “una incertidumbre y sobre todo en el caso mío, pues yo había sido muy cercano a Mons. Carlos Humberto Rodríguez Quirós, pero resulta que esa cercanía se convirtió en lejanía, somos humanos…”, y será esta situación la que impulse a Mons. Trejos en 1971 a exponerle su situación al Papa Pablo VI, quien conocedor de su situación le indica en audiencia privada que “en la primera oportunidad que se dé, le buscaré acomodo”, palabras que indicaría el Romano Pontífice, según contó a Radio Sinaí el mismo obispo Trejos.

Su llegada a San Isidro en enero de 1975 estuvo colmada de fieles, así lo atestiguan las mismas publicaciones de la época, como el Eco Católico del 2 de febrero de aquel año cuando refiere: “incalculable fue la asistencia a la Eucaristía que inauguró la presencia del nuevo pastor; otra cantidad, aún mayor, se quedó por fuera sin poder penetrar en el templo”.

Para el 12 de enero de 1975, este mismo Semanario había publicado una entrevista al II Obispo de la San Isidro que tituló “Declara el nuevo obispo: San Isidro de El General una diócesis de gran esperanza”. En este artículo, podemos encontrar detalles muy interesantes, entre las que destaca el ánimo vigoroso con que se preparó para viajar a nuestras tierras, cuando dice: “me siento muy satisfecho porque tengo la convicción de que se trata de una diócesis de gran esperanza, de un campo muy vasto donde el Señor quiere que yo trabaje con mucho entusiasmo poniéndome en contacto con el pueblo y trabajando con todos los sacerdotes, religiosas y pueblo de Dios”.

En aquella entrevista, fue claro en señalar que el problema más serio era la escasez de sacerdotes, razón por la cual debía optar por los laicos y “aprovechar al máximo a los laicos que están muy bien dispuestos para trabajar extendiendo el Reino de Dios en todos estos rincones de San Isidro… los laicos les corresponde seguir adelante en la tarea que los sacerdotes de la diócesis han emprendido”, indicó.

Con gran visión, señaló en aquella oportunidad, que se acercaría a las comunidades para forjar los planes pastorales no en el aire sino en la realidad misma del ambiente, abarcando todas las realidades existentes en población, cultura y geografía; por esta razón, aprovechó este medio escrito para enviar un saludo a sus feligreses, el cual estuvo marcado por una llamada sincera “a que llevemos a cabo una renovación y una reconciliación con el Pueblo de Dios”.

En aquella oportunidad, el Eco Católico se refirió con elogios hacia Mons. Trejos, elogios que la historia también guarde en sus registros y que hoy queremos reproducir para ustedes, cuando publicaron: “decididamente, el Santo Padre ha querido manifestar a los diocesanos de San Isidro de El General su afecto y simpatía al enviarles como pastor a un hombre de la categoría de Monseñor Trejos. Y esto lo decimos con pleno conocimiento de causa…el haber sido un hombre de confianza del Clero Arquidiocesano durante ocho años que la Santa Sede lo mantuvo como Auxiliar en la Arquidiócesis, nos hacen pensar que estamos ante una gran posibilidad. Y la Diócesis que tanto lloró por la muerte del gran obispo Delfín Quesada, hoy se ve premiada al en el puesto supremo de pastor a quien como Obispo efectivo dará mucho bueno que hablar y que comentar para bien de la Iglesia en Costa Rica”.

Estas sentidas palabras de la publicación del Eco Católico fueron proféticas, ellos ya conocían publicaciones como las que había hecho el 3 de diciembre de 1972 cuando llama a la Iglesia a “demostrar su preferencia por los pobres en un verdadero servicio en la esperanza y en el espíritu de pobreza, sólo así tendrá la Iglesia la autoridad moral para iluminar la marcha de estos pueblos que cifran en ella sus más legítimas ansias de regeneración espiritual y de promoción integral… sólo así podrá la Iglesia, cumplir su misión profética de anunciar la buena noticia y de denunciar con fortaleza de espíritu toda injusticia.”

Pero si esa cita nos impacta, la tinta que corrió por las manos de Mons. Trejos durante su episcopado en el Sur es impresionante. En esta oportunidad, sólo vamos a señalar algunos aspectos, citar algunas cartas o publicaciones, que no constituye ni la punta del iceberg de todo el legado de Mons. Trejos.

Su valentía, su capacidad de escritura y su amor al Evangelio le llevó a publicar el 6 de julio de 1980 en el Eco Católico una carta que dirigió a los traficantes de marihuana, en ella les decía: “Yo no puedo callar, yo no quiero ser del número de los perros mudos que no pueden ladrar (Is 56,10) ante tantos y tan graves atropellos. Me han dicho, repetidas veces, que se corre grave riesgo si se habla contra ustedes, pero tengo conciencia clara de que mi compromiso no es con el mundo sino con el Señor y Jesús me dice en su Evangelio: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla… Ustedes saben que son traficantes de esa fatídica planta que está hundiendo a nuestra sociedad costarricense en la más negra y trágica de nuestras miserias… ustedes tienen compradas (las autoridades) con el vil producto de la espantosa planta. A ustedes, y a quienes ustedes puedan encubrir sólo les interesa una cosa: el dinero. A muchos de ustedes, que se hacen pasar por cristianos, no les importa el clamor de la conciencia porque la tienen adormecida”.

Sobre este mismo tema, en noviembre de 1994, bajo el título Todos somos culpables en el Eco Católico, indicó que “para desterrar del país el crimen y la violencia debemos desterrar el narcotráfico, los extranjeros que dirigen este negocio criminal, y los costarricenses que se han convertido en sus aliados y con la droga ocasionan la inseguridad en todas sus facetas. Erradiquemos el narcotráfico y el asunto de la seguridad ciudadana estará resuelto”.

Como ésta, muchas otras denuncias salieron de su tintero, pues como defensor de la justicia, recordó en septiembre de 1982 que “como cristianos estamos obligados, ciertamente, no solo a pregonar justicia, sino ante todo a ponerla en práctica… el cristiano verdaderamente comprometido con la justicia social inspirada en el Evangelio, debe llegar al corazón del pueblo para ver y sentir sus necesidades y aliviar en forma organizada y permanente sus sufrimientos, animarlos a resurgir material, moral y espiritualmente e invitar a las personas de buena voluntad a desprenderse de todo egoísmo, para que el verbo compartir se conjugue no en limosnas que ofenden a quienes las reciben, sino que cuaje en iniciativas que lleven como sello la grandeza de corazón y el esplendor del amor”.

Preocupado por su rebaño, el rebaño del Sur muchas veces olvidado por las autoridades de la patria, hizo que el 15 de agosto de 1982 publicara en el Eco Católico un comentario a una carta de gran interés que decía: “yo no tengo reparo en decir, con toda verdad, que los grandes culpables de esta situación cruel de abandono, de injusticia y de cálculo político, son los políticos mismos”.

Otro de los temas que con gran soltura y valentía asumió, fue la migración y todo el ambiente que se desarrolla entorno a esta realidad; así, el 25 de julio de 1990 en una nota de prensa titulada Urgencia de la Misión Evangelizadora, se refirió al coyotaje y denunció que éstos “enrolan en una aventura que tantas veces termina en la cárcel o en el abandono de su propia familia con la consiguiente degradación moral”.

Durante el mensaje ofrecido con ocasión de sus 25 años de Ministerio Episcopal en Pérez Zeledón, en enero del año 2000 abordó el tema del negocio del agua y la injustia, ante lo que precisó: “las empresas hidroeléctricas, y las grandes transnacionales, se abalanzan cual aves de rapiña, sobre nuestros ríos, riqueza vital, biológica y energética de todos los costarricenses. Se liberalizan las regulaciones, se permiten las expropiaciones por parte de las empresas privadas a los campesinos y abandonan en nuestra patria, de golpe y porrazo, el sistema solidario de tarifas subvencionadas, base del desarrollo justo y equitativo. Entramos así en las leyes de la oferta y demanda. Pero una oferta que harán los empresarios privados, de los bienes que nos pertenecen a todos. ¡menuda manera de hacer justicia!”

Así, hemos querido hacer un breve recuento de algunos episodios y del Magisterio Social de Mons. Trejos; pero quizá, una de las cartas que más impacta por su valentía y su postura, por su actitud en defensa de los más necesitados y frágiles, es aquella famosa Carta Navideña dirigida a Somoza el 23 de diciembre de 1978, en la cual se puede leer: “…por más ejércitos que usted tenga a su mando, por más pertrechos de guerra con que cuente, por más poderoso que se sienta, nunca contará con la fuerza suficiente para impedirme que me sienta hijo de Dios, y en consecuencia hermano de todos los hombres… Reconozco su potencial económico, su ominosa fuerza bélica, mas todo eso resulta impotente para silenciar la voz de mi conciencia que le dice a la suya, por más acallada que se encuentre, que jamás podría estar de acuerdo ni con los crímenes que usted y los suyos perpetran, ni con el dolor que ocasionan, ni con las vidas que siegan, ni con las muertes que causan, ni con el odio que siembran, ni con el futuro desastroso y la ruina fatal que sin duda están procurando a ese pueblo que desgraciadamente ha tenido que soportarles… es la expresión de una conciencia humana, viril y cristiana de un Pastor del Rebaño de Jesucristo que jamás podría permanecer en silencio…”, creo sin duda, una carta que habla por sí misma del talente de este pastor.

Al leer su Magisterio, podríamos preguntarnos de dónde venía tal fortaleza y conciencia, de dónde surgía ese deseo de incursionar en los temas más variados y en la mayoría de casos muy espinosos, de donde brotaba ese amor hecho vida, y es entonces donde encontramos respuesta en la publicación de La Nación del 25 de enero de 1990 en un artículo suyo titulado A los fieles de mi diócesis, que dice: “no resulta nada nuevo para ustedes la claridad y la vehemencia de mis denuncias sobre los atropellos que se han venido presentando, en el correr de estos años, en el desarrollo tanto a nivel local como nacional. Creo haber sido fiel al Señor en ustedes, en cuanto la conciencia me lo ha demandado y mi deber pastoral me lo ha exigido, al combatir toda lacra social y moral, toda corrupción pública. ¡Sería lamentable que no lo hubiera hecho! En todos estos años podrán atacarme en más de una cosa, pero no de comportarme como perro mudo, por cálculo, ante determinadas irresponsabilidades en el acontecer nacional… todos ustedes saben perfectamente que no conozco ataduras, que no tengo dueño, que he dicho la verdad a tirios y troyanos, a güelfos y gibelinos, que puedo hablar no sólo con libertad ciudadana, sino con responsabilidad y celo de Pastor”.

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