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Ordenación Episcopal de Fray Gabriel Enrique Montero Umaña

Catedral de San Isidro, 1 de marzo de 2014
Mons. Hugo Barrantes Ureña
Arzobispo Emérito de San José

Esta mañana con el salmista decimos: “Este es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal. 117,24).

Una alegría desbordante nos invade hoy en la Catedral de San Isidro: celebramos la ordenación sacramental de un nuevo obispo diocesano. No es que termina un período de gobierno y se inicia uno nuevo, no es que un obispo le traspasa un privilegio personal a su sucesor, para cerrar un capítulo y abrir uno nuevo. En la Iglesia no existe eso. Jesucristo cuando llamó a los apóstoles, los llamó para un servicio, estable, continuo en su Iglesia. El ministerio episcopal prolonga y continúa en el tiempo ese servicio. Somos Iglesia. La Iglesia no tiene nada propio, todo le viene de Cristo y de su Espíritu. También la sucesión apostólica viene de Cristo. Entre un obispo y su sucesor no hay fractura, hay continuidad.

Cuando decimos: “creemos en la Iglesia”, estamos afirmando que creemos en Dios, que ha querido revelarse a sí mismo en su Hijo, y ha querido hacerse presente, por medio del Espíritu, en un pueblo particular. Ese pueblo particular es la Iglesia.

Y ¿Por qué la Iglesia? Porque al cielo no se llega en “patineta”, hay que subirse al tren o al autobús, hay que hacer el viaje con otros pasajeros. El Vaticano II lo dice así: “Sin embargo, quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo, para que lo conociera de verdad y se le sirviera con una vida santa”. (LG 9). La Iglesia es comunidad, es familia, su origen está en la Trinidad, su modelo es la Trinidad y su meta es también la Trinidad. Y es en comunidad, en familia, como nos vamos a salvar

I. ¿Por qué estamos aquí esta mañana?

Porque, como hemos dicho, una nota esencial de la Iglesia es que es apostólica. Así lo profesamos en el Credo. Y esto, por voluntad de Cristo, cabeza de la Iglesia.
Nuestra fe no es un invento personal, para uso privado. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. No existe una fe “a la carta”, según el gusto del cliente; la eclesialidad es nota esencial de la fe.

La fe cristiana no se origina en nosotros, su origen está en Dios, y tiene una historia de mensajeros, entre los cuales tienen una función particular los apóstoles. La Iglesia es apostólica porque Cristo la fundó sobre los apóstoles. Esto significa: la salvación procede de arriba, su origen está en Dios; el Padre manda a su Hijo y, después el Hijo llama y manda a los apóstoles, “Como el Padre me ha enviado así os envío a vosotros” (Jn.20,21). Escuchemos el Concilio Vaticano II: “Entre los diversos ministerios que existen en la Iglesia, ocupa el primer lugar el ministerio de los obispos que, a través de una sucesión que se remonta hasta el principio, son los transmisores de la semilla apostólica. Así,…, a través de aquellos que los apóstoles nombraron obispos y de sus sucesores hasta nosotros, se manifiesta y conserva la tradición apostólica en todo el mundo…Por eso enseña este sagrado Sínodo que por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles cono pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió” (LG 20)

Se afirma claramente que la misión de los apóstoles ha sido confiada a los obispos; los obispos son sucesores de los apóstoles.
Hoy somos testigos de que la sucesión episcopal se da a través de una investidura. Esta se da en forma de imposición de manos y de la invocación para que el Espíritu confiera al que es ordenado obispo los dones necesarios para su cargo y misión. El candidato se integra así a una larga cadena que lo liga al envío original de los apóstoles por Cristo.

Debemos entender este gesto ritual que va a realizar hoy el obispo celebrante como la vinculación histórica con el ministerio de los doce. Así el ordenado va a enlazar esta Iglesia particular de San Isidro con los apóstoles y con Cristo mismo. El Vaticano II resume la doctrina de la Escritura y de la Tradición al enseñar que los obispos han sucedido por institución divina a los apóstoles como pastores de la Iglesia (ver LG 20).

En el Concilio de Nicea (año 325) se recordó la norma antigua de que la ordenación de un obispo es competencia de tres obispos, normalmente vecinos. El mismo Pontifical Romano dice: “al celebrar la ordenación según la práctica tradicional desde antiguo, el obispo ordenante principal debe estar acompañado al mismo tiempo de otros dos obispos. Pero es conveniente que todos los obispos presentes ordenen al elegido, juntamente con el ordenante principal”. Así se significa la índole colegial del orden episcopal. De hecho el colegio episcopal esta unido en torno a Pedro, como cabeza del colegio. También es necesario que el obispo esté en comunión con todos los obispos unidos al Papa. La Conferencia Episcopal es, precisamente, expresión del afecto colegial. Fray Gabriel Enrique no va a correr en solitario, caminará en comunión con sus hermanos obispos.

II. Ezequiel 34.7-5

“Mis pastores no se preocuparon de mis ovejas, se preocuparon de sí mismos pero no del rebaño… vengo en busca de mis ovejas, yo me ocuparé de ellas” (ver Ez 34, 8-11). Dios se queja de los gobernantes y líderes religiosos porque no han cuidado al pueblo, más bien han hecho del rebaño su propio bocado. Dios mismo será el pastor solícito de sus ovejas, las atenderá y las cuidará una por una.

El obispo es padre y pastor de la diócesis.

El obispo apacienta la grey a él confiada en nombre de Cristo. Bajo la mirada y el ejemplo del Buen Pastor, está para servir y dar la vida por las ovejas. Debe tener siempre a su alcance el báculo del pastor, pero también el pichel y la palangana, como Cristo en la última cena, pues él está para servir y no para ser servido.

EL Papa Francisco, actual Pastor de la Iglesia Universal, está clamando por una iglesia “en salida”, nos está llamando a una “nueva salida misionera”. Hay que seguir los pasos de Abraham y Moisés. No podemos quedarnos en el “Sancta Santorum”, hay que pasar al atrio de los gentiles. El llamado del Papa es urgente.

Tenemos que incomodarnos, desinstalarnos, romper con la ley de la inercia, salir de nuestras zonas de seguridad. “Salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (E.G. 20). Desde luego que en las periferias nos vamos a encontrar con aguas turbulentas y, probablemente con ambientes indiferentes y hostiles. El Papa Francisco insiste: “Fiel al modelo del maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todos los rincones, sin demorar, sin ascos y sin miedo” (E.G. 23). Hay que dejar la sacristía y salir a la calle.

En Río de Janeiro el Papa Francisco habló del pastoreo del obispo. “Los obispos han de ser pastores cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre, pacientes y misericordiosos… y el sitio del obispo para estar con su pueblo es triple: adelante para indicar el camino, o en medio para mantenerlo unido y neutralizar los desbandes, o detrás para evitar que alguno se quede rezagado…” (Río de Janeiro, 28-07-2013).

Pareciera, dirá alguno, que el perfil del obispo de hoy es el de un súper-ejecutivo de una súper empresa, con ojos para verlo todo y manos para hacerlo todo. No, porque la Iglesia es comunión y el obispo no es un ciclista que sube el Cerro de la Muerte en solitario, el obispo corre rodeado y apoyado por un equipo. El Vaticano II afirma: “Los pastores de la Iglesia saben que no han sido instituidos para ejercer por sí solos toda la misión de la iglesia” (L.G 30). El Código de Derecho Canónico determina organismos y personas que deben colaborar con el obispo, y, a la vez, puede el obispo determinar los oficios y comisiones que sean necesarias.

Aquí muy cerca del obispo están los presbíteros de ésta diócesis, los más valiosos e inmediatos colaboradores del Pastor diocesano. Como lo ven se trata de un clero joven, entusiasta, “todo terreno”. También están los consagrados y consagradas. Están presentes miles de laicos con una inmensa capacidad de sacrificio y entrega. Son un gran consuelo para el Pastor en el trabajo por edificar el Cuerpo de Cristo. Pocas diócesis cuentan con un laicado tan numeroso y comprometido.

Esto le va a permitir al obispo tener espacios de tiempo para rezar, estudiar y descansar. De lo contrario tendríamos un obispo víctima del “Síndrome de Burnout o desgaste” o amenazado por la presión arterial alta.

Pero no basta tener soldados, es necesario organizarlos para formar un ejército, integrado por soldados F.M; es decir formados y motivados. En una diócesis las divisiones, la dispersión pastoral nos lleva a Babel, donde prevalece la confusión; los esfuerzos pastorales se pierden y los agentes se desaniman.

La pastoral orgánica, expresión de la comunión es fruto de Pentecostés. Por eso hay que lograr una pastoral orgánica, una pastoral de conjunto. Entonces sí puede el obispo discernir los carismas y lograr que se ejerzan en bien de toda la diócesis.

Hoy el obispo tiene que liderar cambios, con la sabiduría que viene de “lo alto” debe discernir qué debe cambiar, cuándo y cómo hacerlo. El obispo es líder, es el capitán del barco, es el que pone su confianza en Dios y sortea tormentas en altamar.

El Papa Francisco pide que no seamos solo administradores, que no nos preocupe y ocupe tanto el administrar, que no nos quede tiempo para liderar, con una mirada de futuro.

Los primeros llamados a liderar un cambio en la Iglesia es el obispo con su presbiterio. Desde luego que hay que formar a los agentes pastorales para el liderazgo, un liderazgo que sea realmente servicio, no una plataforma para lucirse.

Aparecida nos invita a ser creativos, a promover nuevos carismas, a recorrer nuevos caminos. No podemos seguir con una pastoral de cristiandad, tratando de responder a una sociedad que ya no existe. Nos hemos acostumbrado a ver y pensar el mundo desde la Iglesia y no al revés, ver y pensar la iglesia desde el mundo. Debemos cambiar de visión para cambiar de acción. Ya no funciona el truco del avestruz: meter la cabeza bajo el ala. Hay que superar el síndrome del “tapón de corcho”, dando vueltas y vueltas en un remolino del río. Hoy el Espíritu nos empuja a “remar mar adentro” y romper con la rutina del “siempre se ha hecho así”.

III. Salmo: el Señor es mi Pastor

Fray Gabriel Enrique será nuestro pastor, esa será su tarea, su diaria inquietud. Pero, el Señor será su Pastor, su vara y su cayado le traerán paz y sosiego. Bendecimos a Dios por los tres pastores que ha dado a esta diócesis: Delfín, Ignacio y Guillermo, obispos vigilantes y generosos, que nos iluminaron con su palabra y su testimonio. ¡Qué Dios les pague!

IV. Hebreos 5,1-10

Cristo es el Sumo Sacerdote que puede realmente liberarnos del pecado. La Carta a los Hebreos ofrece una cristología iluminadora: Cristo es el verdadero templo, el real Sumo Sacerdote; Cristo es el altar de los sacrificios, el que presenta la sangre ante el trono de Dios; Cristo es el que entra en el santuario definitivo, el que ha consumado con su entrega de una vez para siempre a todos lo que estaban llamados a la santidad.

El obispo es el gran sacerdote, el principal dispensador de los misterios de Dios en la diócesis. El obispo consagrante, unge la cabeza del que ha sido consagrado en el orden del episcopado y dice: “Dios, quien te ha hecho partícipe del sumo sacerdocio de Cristo, derrame sobre ti el bálsamo de la unción y, con su bendición haga fecundo tu ministerio”.

Los documentos de la Iglesia insisten en que los obispos son los moderadores, promotores y custodios de la vida litúrgica. (Ver CIC 835)
La Eucaristía es el corazón de la Iglesia. La Iglesia vive de la Eucaristía. En el centro del “munus santificandi” del obispo está la Eucaristía (ver Pastores Gregis 37). El obispo velará por la recta y fructuosa celebración de la Eucaristía.

Es tal la belleza inmanente de la Eucaristía que se excluye absolutamente el que la podamos banalizar. El Beato Juan Pablo II nos recuerda la necesidad de respetar la normativa que la Iglesia establece para la celebración eucarística. El Papa insiste en que “el misterio confiado a nuestras manos…es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal” (ver Ecclesia de Eucharistia).
La Eucaristía es la fuente y culmen de toda la acción evangelizadora, de manera que el “pueden ir en paz” es, realmente un envío misionero.

La Eucaristía no es un tranquilizante, es un estimulante que nos lleva a amar al hermano. “Cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don de la propia vida que Jesús ha hecho en la cruz por nosotros y por el mundo entero…por eso la Eucaristía impulsa a todo el que cree en él a hacerse “pan partido” para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno”. (Sacramentum caritatis 88).

El obispo es profeta de la justicia. El obispo es defensor de los derechos humanos. El obispo debe ser capaz “de suscitar esperanza en las situaciones más difíciles, porque si no hay esperanza para los pobres, no la habrá para nadie, ni siquiera para los llamados ricos”. (Pastores Gregis 67). La caridad pertenece a la naturaleza, a la esencia de la Iglesia, así lo manifiesta el que va a ser ordenado obispo, cuando promete expresamente que va a ser acogedor y misericordioso con los más necesitados.
Fray Gabriel Enrique ha manifestado, públicamente, su preocupación por la difícil situación social y económica del Sur. Su carisma franciscano es promesa de su cercanía con la gente, con los campesinos e indígenas, en especial con los pobres y necesitados.

V. Evangelio (Lc. 4,14-24)

Jesús entra en la sinagoga de Nazaret. “Abre” y “cierra” el libro. Sin Jesús, la ley y los profetas serían una promesa no cumplida. Sin Jesús, la Palabra de Dios permanecería cerrada e incomprensible. Jesús es la Palabra hecha carne, en Jesús el Padre lo ha dicho todo.

“Esta Escritura que acabáis de oír, se ha cumplido hoy”. Jesús se presenta abiertamente, como el “consagrado” y el “enviado” por la fuerza vital del Espíritu. Estas dos realidades, la “unción” y el “envío” expresan la vocación de todos los bautizados. Jesús quiere que su Iglesia sea fecunda y que su feliz mensaje llegue a todo el mundo. “Recibiréis la fuerza de lo alto que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”. (Hch. 1,8). Y, del mismo modo que en la primera creación, el Espíritu animaba todo con su aliento de vida (ver Gn. 1,2), así, ahora el Espíritu asiste y anima a la Iglesia y la hace fe fecunda.
El obispo, de manera particular, es un “ungido” y un “enviado”. El rito de ordenación así lo expresa. En la plegaria consecratoria se pide que el “Espíritu soberano”, donado por el Padre a Cristo y por El a los apóstoles, descienda sobre el ordenado.

Gracias a este don, el neoconsagrado prosigue la misión propia de los apóstoles, de edificar la Iglesia visible, con una actitud de servicio humilde y permanente. Gracias al Espíritu, hoy la Diócesis de San Isidro experimenta el viento y el fuego de un nuevo Pentecostés que la empuja hacia aguas profundas.

VI. El Obispo es el primer predicador del Evangelio en su Iglesia Particular

En los últimos tiempos muchos falsos mesianismos y muchas ideologías se han hundido, igual que el barco “Titanic”. Pero siempre surgen nuevos dioses y nuevos falsos profetas. Hoy se busca vivir en el aquí y en el ahora, como viajeros sin brújula. La tendencia es a convertirnos en máquinas de consumir. Hemos quitado a Dios y hemos puesto al hombre en su lugar. Sufrimos un eclipse de Dios. Es preocupante la sobreproducción de palabras. Todos hablan, nadie escucha. ¿Qué hacer?
Afirma el filósofo Kierkegaard: “El problema de nuestro tiempo es que, en vez de darle el altavoz al capitán del barco, se lo dieron al cocinero del barco; en caso de tormenta nadie oirá al capitán, sólo las noticias que salen de la cocina”. La característica de nuestra sociedad es que hay mucho ruido en la cocina del barco. Lo que uno afirma el otro lo niega. La gente está confundida. Reina el relativismo.
Hay que darle el altavoz al obispo, el primer predicador del Evangelio en su Iglesia particular. La Tradición de la Iglesia afirma que la misión de enseñar, propia de los obispos, consiste en conservar santamente y anunciar con audacia la fe. El obispo debe ser el primer testigo de que la Iglesia tiene el tesoro escondido y la perla preciosa de la verdad revelada. Un gesto muy expresivo que se vive en la ordenación de un obispo es cuando toma posesión de su cátedra. En ella normalmente sólo toma asiento el obispo propio, o algunos a quienes él se lo conceda. Esto indica que el obispo es el primer maestro en la dióceis. También es impresionante cuando, en el rito de ordenación, se pone el Evangelio abierto sobre la cabeza del electo para el episcopado. Así se expresa que la Palabra va a envolver y proteger el ministerio del obispo, a su vez, el obispo va a custodiar y anunciar la Palabra de Dios. El obispo tendrá que predicar la Palabra a tiempo y a destiempo, sin cansarse, con paciencia (Ver 2 Tim. 4,2). La Diócesis de San Isidro tiene dos altavoces extraordinarios: Radio Sinaí y Radio Emaús; con el apoyo de todos, se puede potenciar su capacidad evangelizadora.
El problema de nuestro tiempo no es tanto que muchos no creen, es más bien que la gente cree en todo. La verdad es lo que sea bueno para mí. Pero el pueblo tiene derecho a la verdad. En medio de esta confusión, de este mercado de mentiras y medias verdades, el obispo debe tomar el altavoz, salir a la calle y anunciar a Cristo, camino, verdad y vida.
El obispo sostiene la fe de los fieles, pero también los fieles sostienen la fe del obispo. El obispo está en peligro de desanimarse pues su servicio puede parecerle una gota de agua en el mar, o una pequeña semilla de mostaza en un campo sin límites.
Jamás deberíamos dejar de orar por el Papa y demás obispos. Cuenta un obispo, que en una visita pastoral en un pueblo de montaña, escuchó decir a una viejecita ciega que lo había ido a buscar: “cada noche yo pido por el Papa y por el obispo y digo a la Virgen que los haga pasar una buena noche. ¡Estupendo!

VII. Comunidad Celebrante.

En este momento, como comunidad celebrante, estamos en tierra sagrada, al igual que Moisés ante la zarza ardiente. La presencia de Cristo esta mañana, en esta celebración litúrgica, es eficaz y dinámica por la invocación del Espíritu Santo que hace de los actos litúrgicos acontecimientos de salvación. Cristo esta aquí como el Señor de la historia que nos abre las puertas hacia el futuro de ser Iglesia. Dejemos que el Señor nos arrastre en el dinamismo pascual, y llenos de esperanza pongamos nuestras vidas, la vida del nuevo obispo y el futuro de esta diócesis de San Isidro, en sus manos.

VIII. Conclusión

Fray Gabriel Enrique: ¡Bienvenido a estas tierras del sur! Le deseamos Paz y Bien..
Con el corazón y los brazos abiertos lo recibimos como nuestro cuarto obispo. Nos declaramos sus amigos. Como Iglesia nos sentimos “familia” y usted es nuestro padre espiritual. Queremos “remar mar adentro” bajo su cayado de pastor. Estaremos siempre unidos con usted (leáse su Excelencia) en oración.
Que el Buen Pastor, Jesucristo, le conceda un largo y fructuoso servicio en esta Iglesia particular de San Isidro.
Que María, Madre de los pastores, le cubra con su manto maternal.
San Isidro Labrador, ruega por nosotros. San Francisco de Asís, ruega por nosotros.

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