Padre Chemita: testimonio de humanidad, sacerdocio y vida religiosa (I Parte)

Decir José María Arguedas Méndez es quizá un nombre desconocido para muchos, pero decir Padre Chemita es pensar en una persona cuyo testimonio simplemente atrae y confronta, es volver la mirada a un valiente heraldo del Evangelio, es tener frente a nuestra retina un digno ejemplo del pobre de Asís, es dejarnos conmover por lo que puede hacer la gracia divina cuando disponemos el corazón…

La vida del Padre Chemita no será nada fácil ni sencilla, pero vale recordar aquello que él mismo escribe en su obra de vida: “en medio de mi timidez… el Señor me llamó a su servicio…, me llamó el Señor para que, dejando el hacha y la pala, tomara en mis manos la Santa Biblia y el Cuerpo Santísimo de Cristo para darlo a mis hermanos”. Por eso, cercanos al Jueves Santo, día del sacerdocio, queremos proponer el testimonio de este humilde de Asís que ha marcado nuestra diócesis.

El Padre Chemita proviene de una familia cuyas raíces surgen en Tarrazú, pero que en determinado momento de la vida deciden emigrar al Valle de El General, no sin antes deplorar la partida de aquellos verdes y prósperos parajes de Los Santos. Es así, como el 27 de agosto de 1935 en Palmares de Pérez Zeledón, viene al mundo el décimo quinto hijo de aquel matrimonio de José y María, quien nace será llamado José María de Jesús Arguedas Méndez, y será bautizado meses después por el Padre Bernardo Drüg, debido a que sus padres fueron presurosos a causa de una enfermedad que les hacía temer por su prematura muerte.

Al acercarnos a la niñez del Padre Chemita, podemos encontrar una especial cercanía con su madre y una particular admiración por la naturaleza a pesar de las pobrezas que vivieron, al punto que en una entrevista para Radio Sinaí nos dirá: “éramos tan pobres que hasta el agua nos faltaba en verano cuando el riachuelo se secaba”. Pero también en su infancia nos encontramos con un momento muy doloroso, la prematura muerte de su padre, hecho que recuerda sucedió mientras apretaba fuertemente el crucifijo contra su pecho, acompañado de la exclamación: “Cristo, válgame, dame un buen pase de este mundo al otro”; para aquel momento, Chemita sólo contaba con siete años de edad. Tiempo después, Chemita dirá: “así se apagaba un faro de luz en el interior de nuestro rancho, se despedía de este mundo aquel humilde pero valiente campesino”.

Aquel hecho, haría que sus hermanos mayores continuaran sus trabajos duros de campo, mientras José María como menor realizaba algunos trabajos que estuvieran de acuerdo a sus fuerzas de niño entre los tabacales o acompañaba a su madre mientras ésta hacía sus labores de lavar ropa entre las piedras del río; será ahí, donde por primera vez José María se animará a expresar sus intenciones más profundas: “mamá, ¿quiénes son los sacerdotes?… es que yo quiero ser sacerdote”; pero ante aquello, la respuesta no fue tan halagadora, y entre lágrimas su madre le dijo: “eso no se lo diga a nadie porque se reirán de usted, los sacerdotes tienen que estudiar mucho y usted ni siquiera ha podido ir a la escuela”.

Disuelta toda opción en plena adolescencia a causa de aquella respuesta y del exceso de trabajo, llegará el matrimonio del hermano que velaba por la familia, esto provocará el proceso de disgregación familiar cuando sus otros hermanos tomen cada uno su propio rumbo, muchas veces vencidos por el alcoholismo fruto de los mismos momentos difíciles que como campesinos atravesaban. Esto hará vivir a Chemita una tarde difícil cuando su madre le comenta que no tienen que comer, será esa misma tarde cuando toma la decisión de salir a buscar, y el otro día emprende el camino “con un saquito blanco en mis manos y ni un céntimo en el bolsillo, a buscar el sustento de la familia… y pidiendo crédito consolé a mi madre por primera vez”, para ese momento contaba con quince años y un cuerpo diminuto, fruto del fuerte trabajo que le impidió desarrollarse.

Siendo completamente analfabeto hasta los 15 años, “una escuela para mí había sido sólo un edificio que podía contemplar de lejos”, recuerda Chemita; pero estando en Los Reyes, siguió el consejo de un maestro quien le dijo que podría al menos aprender algo, fue así como empezó a dedicar las horas de lluvia al estudio, pues su trabajo continuó igual de fuerte hasta los 18 años. “Compré libros de matemáticas, lengua materna, historia y geografía, así fue como aprendí lo más elemental, como es lógico, sin reconocimiento del Ministerio de Educación”, recuerda el padre. Así, “aprendí a leer y escribir, porque el diploma lo obtendré hasta que esté con Fray (Casiano) a mis 23 años”, precisa el Padre Chemita.

Mientras esto sucedía, la indiferencia religiosa empezó hacer mella, y aunque “la conciencia me decía lo contrario… el resentimiento muy hondo por mi pasado lo desahogaba de esa manera…, la pobreza y el desprecio de algunos me había castigado tanto, que yo había concebido la idea de hacer un capital para reírme y vengarme de las amarguras y humillaciones sufridas”; esos años serían muy difíciles, pues la enfermedad haría su aparición y la poca producción terminaría por desesperar a cualquiera.

Regando frijoles en los calurosos campos del Valle de El General, aporreando frijoles de 9:00 am a 5:00 pm, sacando la cosecha a hombro con pesos cercanos a los dos quintales por tramos de medio kilómetro cuesta arriba hasta donde estaban las bestias… “uno sentía que se le salía el alma, pero no había otra alternativa, había que trabajar”, recordará el Padre Chemita sobre sus fuertes trabajos de campo desarrollados en Pejibaye; y agrega: “ciertamente, fueron labores muy duras, pero hoy agradezco a Dios que en éstas, me dio la oportunidad de forjar el carácter que llevo en mis venas, algo así como una mística de no aflojar”.

Fue entonces, cuando llegó la decisión de marcharse al Sur, acompañado de unos amigos de juventud, la intención era hacer vida en las muy temidas bananeras, aquella partida deparó para José María el llanto profundo por la separación con su madre. Ya en las tierras del Sur, Chemita no se sintió bien en Palmar por lo burdo del vocabulario empleado y las faltas morales, decidió entonces viajar a Golfito donde empezó a buscar trabajo, pero igualmente se sentía incómodo por las políticas de división y separación claramente demarcadas entre la zona americana y la civil; finalmente, logra ser contratado como chapeador de repastos en la zona de Cañas Gordas…, momento que aprovechó para contemplar nuevamente la naturaleza y que marcaría su arribo a la zona de Coto Brus, rechazado en Sabalito y luego de muchos días sin trabajo y sin nada en el bolsillo, por fin es contratado como recolector de café en el sector de Copal.

A los dos meses de aquella travesía, sus deseos de hacer vida ahí se habían terminado, el ambiente hostil desde el punto de vista moral, hacían que Chemita no se sintiera bien, y distanciado de su amigo de viaje por la visión de los hechos, animado por un nuevo compañero decide emprender la épica hazaña de caminar hasta San Isidro, con lo cual demostraría valentía, ahorraría recursos y ganaría fama entre los vecinos; fue así como disintieron el viajar en avioneta y empezaron a caminar no sin antes pedir el auxilio divino, la travesía fue más que infernal, la desesperación fue su eterna compañera, pero al cabo de tres días llegó a su destino, al rancho desolado de su madre…

A su regreso, la desesperación o el sin sentido hacen mella; “conforme pasaban los días me dejaba llevar por una indiferencia profunda y a punto estuve de caer en tentaciones, perdiendo casi mi propio dominio sobre las pasiones… pero el Señor me miró lleno de misericordia, me extendió su mano santísima y cambió el rumbo a la nave de mi vida”, dirá Chemita al escribir su vida.

Así, hemos querido presentar la primera parte de esta vida auténtica, de un siervo del Señor que le correspondió vivir como campesino, sufrir con ellos sus retos de cada día y soñar con la confianza puesta en Dios…, como hemos visto, muchas veces quizá sintiéndose lejos de Él, pero con la certeza de que Dios nunca lo dejaría. Hoy, también nosotros, estamos llamados por Dios…; entonces, sería bueno que nos preguntemos: ¿a qué te está llamando? ¿cuál es tu respuesta?…

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