Padre Chemita: testimonio de humanidad, sacerdocio y vida religiosa (III Parte)

El final del largo camino de formación inicial y discernimiento vocacional para José María Arguedas Méndez, estaría marcado por un hecho curioso y triste; el 8 de diciembre de 1973 sería ordenado diácono, meses después, la enfermedad de su madre le hace al joven ministro solicitar a su obispo Mons. Delfín, la posibilidad de adelantar un poco su ordenación presbiteral, lo anterior con el deseo de que su madre le acompañara en aquel momento, solicitud que es aceptada por el obispo diocesano, que decide ordenarle ministro del Señor el 12 de octubre de 1974 a sus 39 años de edad.

Aquel hecho marcaría un detalle para la vida del neo presbítero Arguedas, pues de aquella enfermedad su madre se restablecería, pero sería su obispo quien moriría pocos días después…; en la entrevista con Radio Sinaí dirá: “fue muy duro, el día jueves luego de tres días de clases en el seminario, venía con el fin de que el obispo me dijera cómo iba a disponer de mi vida, y cuando venía bajando el cerro escuché la noticia de que monseñor había fallecido…, cuando yo llegué, ya monseñor estaba en el ataúd…”, y en su libro comenta: “para mí fue algo verdaderamente impresionante, encontrarme en la cajita, velándose a quien cinco días antes había hecho descender sobre mí la Gracia del Espíritu Santo, consagrándome para siempre al servicio de la Iglesia en la administración de la gracia divina”.

Así, el ministerio del joven sacerdote Chemita iniciará en Los Santos, al ser enviado como vicario parroquial de San Marcos de Tarrazú; al poco tiempo, poco más de un año, es ratificado como párroco de aquella localidad con el recargo de la Parroquia de San Pablo, servicio que desempeña con diligente amor durante 5 años. Hombre humilde, dice reconocer que aquella misión le fue difícil, debido a su falta de experiencia; su buena voluntad, no siempre fue entendida por los pobladores de quienes emergía sentimientos de duda sobre su pastoreo, pero finamente, logró la confianza de los suyos y llevó adelante grandes proyectos no sólo de formación y atención pastoral sino también a nivel material…, su celo evangelizador y su amor a los pobres, le llevó a dar un certero consejo a los tarrazuseños orgullosos de la cúpula y de las mejoras de su templo: “que la generosidad que han tenido para el templo material, la tengan igualmente para el templo vivo que es cada ser humano, más valioso que el mejor de los templos materiales, y que muchos viven en condiciones de indigencia y necesitados de la ayuda de todos”.

Hablar de su paso por San Marcos, es pensar también en su madre Doña María Méndez, pues aquella mujer que siempre la acompañó con especial afecto, aquella que le aconsejó en los momentos más difíciles, aquella por la que su ordenación se adelantó…, aunque con su salud quebrantada le acompañó hasta el 2 de agosto de 1976. De aquel día, el mismo Padre Chemita escribirá: “en ese momento ella no pudo levantar la mano para despedirse como lo había hecho cuando años atrás, iba yo rumbo a la Zona Sur en busca de trabajo, pero yo sí, gracias a la misericordia de Dios, pude levantar mi mano y encomendarla al Altísimo y Buen Señor, con la póstuma bendición”. Su madre había partido con Dios, pero entonces el Padre Chemita daría un paso más en su vida espiritual, y ahora reflexionaría sobre la Iglesia con gran profundidad: “la Iglesia no se irá hasta la consumación de los siglos…., la amaré y serviré hasta el último día de mi existencia, y ella será por siempre mi madre, mi fortaleza y mi consuelo”.

Trasladado a Santa María de Dota, dice haberse encontrado con menos de la mitad del trabajo que tenía en la experiencia anterior; esto fue providencial, pues recuerda que en los espacios libres le “daba por subir a los montes a contemplar la exquisita naturaleza de aquellos lugares dotados de verdor… las bellísimas tardes me ponían fuera de mí y volvieron a mi mente los mejores recuerdos llenos de unción espiritual, vividos con los hermanos en la Congregación Franciscanos de Cristo Obrero… casi confundido con la naturaleza, oraba en soledad pidiendo al Señor que me iluminara el camino…”

Sus oraciones sin duda son escuchadas, y toma la decisión de viajar a Guatemala con el fin de conocer un poco más y vivir la vida religiosa franciscana en una de las órdenes del pobrecillo de Asís; atravesando algunos desengaños y ciertamente incomprendido por otros, obtiene el permiso de Mons. Ignacio Trejos Picado, obispo de San Isidro por aquellos años, para realizar el añorado viaje. Su viaje nuevamente estuvo cargado de llanto, en el avión y con lágrimas, sacaba el dolor que humanamente cargaba ante la soledad que experimentaba al emprender este sueño franciscano, abandonado por todos sentía muchas veces nadar contra corriente. Ya en Guatemala, decidió permanecer más tiempo en tierra chapinas, motivo que causó malestar en el obispo Trejos.

Superada aquella desavenencia, cuando sintió haber cumplido su ciclo en Guatemala, escribió al obispo Trejos para manifestarle sus verdaderas intenciones, aquella famosa carta dice: “con insistencia le he estado pidiendo al Buen Dios que salga el sol de su divina manifestación sobre el camino que he de seguir… una vida consagrada que me ponga en contacto con los más humildes, pues es el testimonio que el mundo pide y la Iglesia necesita en esta época de tremendas confusiones… lo propuesto a usted el día que nos vimos en San Isidro, es algo que mil veces ha ocupado el mundo de mis ideas; es decir, un grupo de hermanos que compartan conmigo y con el resto de la comunidad en la parroquia, dándonos la mano con los más pobres, pero sin despreciar a los ricos y sin gritar en las plazas todo lo que Dios nos da… esto sería predicar viviendo, más que vivir predicando…”

Aquella carta tendría pronta respuesta de Mons. Ignacio, en aquella misiva fechada 27 de mayo de 1980 se puede leer: “gracias, porque en realidad te digo que sólo con una gran humildad y un gran espíritu de entrega al Señor, se puede escribir en esos términos y, sobre todo, con tan bellas disposiciones de ánimo y naturalmente, que esto sólo lo da el Señor… lo de tu plan de la hermandad… me llena de esperanza…; escríbame pronto… ya sabes que si te vimos alejarte con dolor en nuestros corazones, el gozo de verte regresar sería verdaderamente profundo”.

Con aquellas líneas enviadas por su obispo, finalmente el Padre Chemita decide regresar a Costa Rica para reorganizar la Congregación que había sido fundada por Fray Casiano y que al paso de los años posterior a su muerte había desaparecido; sabía que esta tarea no sería cosa fácil, las bases deberían ser sólidas pero también tendría que estar actualizada y abierta a la necesidad de la sociedad. El primer gran reto que enfrentaba sería las Constituciones riquísimas en espiritualidad franciscana, que escritas por Fray Casiano se habían extraviado en los tiempos de la crisis; este primer reto sería resuelto gracias a las cualidades humanas del Padre Chemita, pues él las había memorizado durante aquellos siete años que compartió con Fray Casiano, así que consciente de la necesidad de este recurso, estando en Guatemala se dio a la tarea de ponerlas por escrito, tarea que inició cantidad de veces pues a medio camino se intimidaba, se creía vanidoso y las destruía, así se lo dirá en una carta a Mons. Ignacio Trejos, en la cual se lee: “varias veces comencé los estatutos, pero a escondidas de todo el mundo, porque sentía vergüenza de mi propia pequeñez; no solamente esto, sino que a medio camino las destrozaba sintiéndome presumido y vanidoso, para volverlos a empezar sin poder contenerme; esto monseñor, constituyó una verdadera agonía espiritual para mí”.

Esta agonía espiritual fruto de la tensión humana que vivía, es fácil de comprender cuando el mismo Padre Chemita nos comenta lo que experimentó: “recuerdo el temor tan grande que experimentaba a la burla e ironías de mis cohermanos sacerdotes, cuando echara a caminar en la reorganización de la Congregación…, viajaba desde San José a San Vito, con el Ideario y las Constituciones ya impresas, para enviarlas al Obispo, era tal el miedo que experimentaba que por momentos me asaltaba la idea de detenerme en el puente del Térraba y atar aquellos documentos a una piedra y lanzarlos al fondo de las aguas”.

Por otro lado, el segundo gran reto, fue su nombramiento en Coto Brus como vicario del Padre Hugo Barrantes (luego llegaría a ser arzobispo de San José), pues humanamente pensaba que en Los Santos tendría más posibilidades para el proyecto de la congregación, pero aunque aquella noticia le hacía pensar que el proyecto quedaba perdido, “salí de la casa episcopal desmotivado y semi-aturdido, pero repitiendo: Señor, tú velarás por mí”.

Al mes y medio de ser vicario en aquella zona es nombrado párroco, la gigante parroquia de entonces estaba compuesta por 83 filiales…, ante aquellas circunstancias que parecían no ser nada halagadoras, Mons. Trejos, al mismo tiempo, da visto bueno para el proyecto de la Congregación y le señala que “simultáneamente puede ir dándole forma, indudablemente los hermanos serán una gran ayuda para la parroquia y una bendición para la diócesis”; es así, como termina por aceptar el encargo y confiarse una vez más en la Providencia Divina.

Asumiendo la parroquia de San Vito el 29 de septiembre de 1980, trabaja en los detalles finales de las Constituciones y el Ideario, así el 25 de marzo de 1981 en San Pablo de León Cortés, y luego de ocho días de retiro espiritual impartidos por el entonces Padre Fray Enrique Montero Umaña (hoy obispo de San Isidro), retoma el hábito franciscano; de aquel momento el Padre Chemita dirá: “fue algo sumamente significativo para nosotros, pues desde hacía mucho tiempo no se veía un religioso con el hábito de Hermano Franciscano de Cristo Obrero, ya que la disgregación tuvo lugar entre los años 1966 y 1969, tras la muerte de Fray Casiano.

En la carta conmovedora que escribe a Mons. Trejos con ocasión de presentar las Constituciones, el Padre Chemita escribe: “cuando me dirigía hacia los Frailes Menores Franciscanos (en Guatemala), pensaba que allí me ambientaría y que aquella íntima voz que durante tanto tiempo había escuchado y silenciado, acabaría extinguiéndose, pero no fue así; y, cuando menos lo pensaba y más débiles podían ser mi esperanzas, como llevado no sé por qué fuerza, comenzaba a redactar los estatutos con el fin de resucitar la forma de vida franciscana que, con Fray Casiano, habíamos aprendido a vivir, como terciarios Franciscanos de Cristo Obrero”. Al finalizar aquella carta, Chemita agrega: “si nos abre camino… veríamos confirmado el llamamiento de Dios, agregaríamos un poco más de llanto al ya vertido y con la fuerza que el mismo Señor nos dará, nos entregaremos a la realización de nuestros ideales, hasta morir como simples y humildes hermanos de Cristo Obrero”. Esta carta de los últimos días de noviembre de 1980, recibirá respuesta fechada 16 de diciembre de aquel año y conocida por el Padre Chemita cuatro días después, en la que con tanta felicidad leía: “vistos, aprobados y bendecidos; Ignacio Trejos Picado, Obispo”. Tomando contra su pecho aquellas líneas, cantaba a Dios agradecido mientras aparecía un silencioso llanto, recuerda el humilde fraile.

Con aquel visto bueno del obispo y la carta del Nuncio Apostólico Mons. Lajos Kada quien desde el 23 de junio de aquel año había dicho: “felicito a usted (Padre José María Arguedas) y a sus cohermanos por su deseo de continuar la Vida Religiosa iniciada hace algunos años por Fray Casiano de Madrid, en Puntarenas”, el Padre Chemita manos a la obra instaló el postulantado en San Vito centro, y para el 23 de enero 1982 inicia la construcción de la Casa de Formación de la congregación en Piedra Pintada de San Vito. De aquellos primeros 7 jóvenes que iniciaron el proceso, uno de ellos llegó al sacerdocio, el recordado Padre Fray Marco Tulio Sandí, que ya en paz descansa.

Para su construcción del centro en Piedra Pintada se requirió de un crédito, pues para entonces sólo se contaba con lo que el mismo Padre Chemita había podido ahorrar fruto de los servicios pastorales que como sacerdote ofrecía al pueblo de Dios, pero un nuevo hecho, creo es digno de contar, en pleno tiempo de construcción, el Padre Chemita se dirige con sus ahorros para realizar los pagos, fruto de su trabajo intenso la noche le agarra aún de viaje y debe dormir en Pérez Zeledón, por motivo de la hora prefirió dormir en un modesto hotel y así no incomodar a los sacerdotes de catedral; con aquella decisión fue víctima del robo de todos sus ahorros, angustiado prefirió no denunciar, primero porque era casi un sueño recuperar lo perdido y segundo porque muchos no comprenderían el por qué un fraile llevaría tal dinero… Aquel hecho le hizo recordar que muchas veces le había predicado a los fieles que en el dinero no estaba la seguridad, sin embargo, muy angustiado y en completo silencio continuó su trayecto, acudió a un conocido para solicitarle prestado…, pero nuevamente la Providencia Divina tendría preparado un nuevo regalo de misericordia, y al poco tiempo por medio de una donación de un feligrés gestionada por el obispo del momento (el cual no sabía nada de lo sucedido), una vez más, Dios se encargaba del proyecto, dando el dinero exacto que necesitaba. En la entrevista nos dirá al respecto: “llegó una señora…, yo temblaba cuando esa señora me estaba dando el dinero, Dios todo lo mueve”.

Si reorganizar la congregación de los Hermanos Franciscanos de Cristo Obrero, si construir la infraestructura necesaria para la Orden y velar como Superior General por varios periodos fuera poco; pensar en el Padre Chemita, es dedicar tiempo para describir al menos en parte, su heroica y santa misión desarrollada en el vasto cantón de Coto Brus por más de década y media. De 1980 y hasta 1986, como hemos dicho, atendió 83 filiales que conformaban la entonces Parroquia de Nuestra Señora de Lourdes, en lo que actualmente son 4 jurisdicciones distintas.

Durante su servicio como párroco de San Vito, promovió y cuidó con especial afecto paternal los nacimientos de las sufragáneas parroquias, por tanto, es fundador de las parroquias de Agua Buena en 1986 como ya dijimos, de Sabalito en 1988 a quienes tuvo que despertar del adormecimiento en que se encontraban, de esta parroquia personalmente me consta sus desvelos por proveerla de templo parroquial y casa cural, además de su acción pastoral incansable y predicación constante, grandes esfuerzos que siempre desarrolló con un particular espíritu de silencio y entrega santa; y finalmente, la Parroquia Patriarca San José de Fila Guinea, donde luchó por la construcción de la casa cural, proyecto que logró en tres años a causa de la escasez de recurso de la zona.

Al preguntarle sobre Coto Brus, tierra donde desgastó gran parte de su vida por el servicio al Reino de los Cielos, nos dice: “Coto Brus es un lugar donde tengo las más duras experiencias (camino de celebrar, un joven que picaba en moto con otro, invadió su carril y chocó contra él padre; aunque no fue culpa del sacerdote por las razones antes descritas, aquello le marcó mucho, máxime que llevándolo hacia el hospital en su propio carro, el joven murió) y donde tengo las mayores alegrías, para mí, ir allá es recordar cosas dolorosas y muy bellas que me sucedieron, donde tuve que realizar los sacrificios más increíbles de mi vida, todo eso que se logró hacer de fundar esas parroquias, construir esas instalaciones… no es jugando, pero eso no es obra mía, eso es obra de Dios, cuando Dios quiere las cosas se hacen, en la voluntad de Dios nunca hay que dudar, todo el tiempo en que uno piense hacer algo bueno y lo pone en manos de Dios eso se realiza, porque es de Dios.”

Pero sus luchas pastorales no terminaría ahí, sino que al paso de los años, asumiría como párroco de Ciudad Neilly, zona como bien conocemos fronteriza y que por ende tiene sus particularidades y retos, los años no fueron obstáculo para que una vez más realizara una labor digna de reconocimientos. Pero si para algunos esto fuera poco, el Padre Chemita ya jubilado en razón de su edad como lo prescribe el Código de Derecho Canónico, aceptó el encargo que su obispo de entonces Mons. Guillermo Loría le hiciera, de pastorear como párroco por más de tres años a la feligresía de Fila Guinea, en ese periodo levantó aquella comunidad pastoral, administrativa y estructuralmente, quizá signo de su gran labor pastoral y evangelizadora realizada en las almas de aquellos humildes fieles, se puede ver en los hermosos trabajos que realizó también en el actual templo de la localidad.

Al hablar del Padre Chemita, no podríamos dejar de dedicar al menos un párrafo al tipo de jordana que desarrolla en aquella monumental parroquia de San Vito al inicio de la década de los ochenta, al respecto hay dos relatos que nos ayudan a ubicarnos, el mismo escribirá: “en el mes de octubre, uno de los más duros en nuestro terruño… partí muy de mañana, con gran ilusión, hacia aquella nueva comunidad de mi parroquia (Fila de Pitier); en realidad me sentía muy alegre, ya que me resultaba bastante grato, como pastor, poder compartir la fe con aquella humilde y sencilla gente que habitaba los montes más apartados de nuestra tierra, el camino era bastante molo y el carro sólo llegaba hasta un lugar… a medida que avanzaba me encontraba con mayores obstáculos en el estrecho camino y, para colmo, la lluvia arreciaba cada vez con más furia, finalmente logré arribar al lugar, a las cinco y media de la tarde…; aquella noche como anécdota no podría dormir a causa de que los ratones hacían fiesta con lo que había sido mi abrigo”.

Por otro lado, una nota del Eco Católico del año 1984, describe con certeras palabras la vida y el servicio evangelizador de este campesino hecho sacerdote, creo oportuno recordar algunos fragmentos de aquel reportaje, que dice: “justo a las 4:30 am, el Padre Chemita esperaba por nosotros sentado en el jeep… pronto nos encontrábamos en una carretera en la que no faltaban los baches… el pavimento terminó abruptamente en Gutiérrez Braun, rápidamente se convirtió en una carretera pedregosa y el amanecer comenzaba a iluminar el horizonte… Santa Elena era el final, de allí sería por mula o caballo durante los próximos tres días; montado, bolsa en mano, el Padre Chemita al trote de su caballo seguía los surcos del camino para evitar el fango, él cabalgaba con la experiencia adquirida a través de los años de práctica…; para visitar todos estos pueblos, el Padre Chemita pasa constantemente en carretera, muchos de estos pueblos están localizados en lugares muy remotos y sólo le es posible visitarlos cada seis u ocho semanas; a causa de esto, muchas veces tiene que confesar durante cinco horas seguidas antes de celebrar la misa…, sólo de esa manera me es posible visitar a mi gente, afirmó Chemita…; cansados y un poco enlodados llegamos a Santa María de Pitier, acá la celebró en una rústica escuela de una sola aula…, luego de misa bajamos hacia Agua Caliente donde celebró en una pequeña iglesia con piso de tierra…, luego escuchó problemas familiares, dio consejo y consuelo en la modesta casa de un campesino…, por la noche descansamos en una modesta cama…, el siguiente día luego del desayuno estuvimos en dos misas más y todavía nos quedaban muchos kilómetros por recorrer…, descansamos aquella noche con algo más de comodidad y luego de dos misas más en el tercer día de gira, completamente exhaustos, llegamos finalmente a Santa Elena para recoger el jeep y retornar a San Vito… Pregunté al padre si desearía una parroquia en la ciudad, con menos trabajo, y me respondió que le ofrecieron una en Guatemala pero yo prefiero el campo, mi trabajo es cansado pero es muy lindo”, agregó. Al despedirme le deseé que tuviera buen descanso, pero él sonrió y me dijo que tenía otra misa a las 7 de esa misma noche en Sabalito… por eso nos llamamos Cristo Obrero”, relata la nota del Semanario Católico de Costa Rica.

Finalmente, podemos recordar aquel reto que inicia en julio de 1984, cuando asume la no fácil tarea del Hogar AMA, ahí se veía concretizar la tan añorada obra que Fray Casiano desarrollaba en Puntarenas en el siempre recordado Hogar Monserrat; el Hogar AMA es una esperanza para la infancia desamparada, “porque dejarlos hundirse en las consecuencias de su abandono sería dejar de ser voz de los que no tienen voz, sería algo así como dejar morir al inocente… veo acá maravillado el cumplimiento de una profesión de nuestro fundador Fray Casiano, una profecía cumplida en beneficio del Cantón que nunca conoció, y de Costa Rica, que sin ser su patria natal, sirvió sin tasa, sin reserva y sin medida, como dice él mismo en uno de sus humildes versos”, recuerda Chemita en su obra.

En una entrevista concedida al Eco Católico en aquel año, el Padre Chemita comentó el ideal con que se inició este Hogar AMA, en aquella oportunidad dijo: “la congregación abrirá una casa para acoger transitoriamente a niños desamparados, el propósito será cuidar de ellos mientras se localiza a sus padres; una vez hecho esto, los religiosos trabajarán para reconciliar a esa familia, si se tiene éxito el niño retornará al hogar con sus padres y ayudará a fortalecer la unión familiar”, sin duda, esta acá el espíritu de la obra de Fray Casiano.

El Padre Fray José María Arguedas, recuerda este hecho así: “yo le hablé a monseñor (Trejos) que esta experiencia estaba en función de los niños desamparados y un día estaba yo lo más tranquilo cuando monseñor me llama para decirme que había un grupo de niños que andaba de ambulante, que un día están en un lugar y otro en otro, y que por la inquietud que habíamos hablado, era el momento propicio para fundar este Hogar…, yo tenía tres hermanos en aquel momento que eran Fray Francisco Matamoros, Fray Jesús Mora (actualmente diácono permanente) y Fray Neto (hoy el Padre Ernesto Bonilla), fueron los tres hermanos que elegí para empezar esta fundación, y fíjate que esos tres muchachos acá pasaron momentos muy difíciles…, comenzaron con 8 niños, acá no había luz…, acá se encontraron con monseñor y con los niños; a los 8 días pusimos la luz, así comenzó esto…”, precisó con la alegría que da la satisfacción de estar cumpliendo con la voluntad de Dios.

Pensar en el ministerio del Padre Chemita, es entonces mirar un hombre realizado y santo; por razones de extensión solo hemos mencionado algunos detalles, falta aún describir obras como su preocupación por la atención a la población indígena, razón por la cual luchó hasta conseguir que las Hermanas Lauritas llegaran a la diócesis; sería también pensar en la Posada Emaús ubicada en San Vito y que primero estuvo en manos del Padre Giando, pero que tuvo por fundador también a su persona y que la misma congregación hoy le da vida en el servicio a los más pobres; sería pensar en los miles de testimonios silenciosos de sacrificio que quizá sólo Dios conoce; y sería pensar en su actual testimonio cuando con débiles pasos al dirigirse a la misa en la capilla de la Casa San Damián, nos sigue diciendo que sólo Dios basta.

Por todo lo anterior, creo que podríamos terminar esta tercera entrega con un pensamiento suyo que dice: “sólo cuando todos unidos apuntemos hacia esta meta (conversión a Dios) se podrá abrir surcos de luz y de esperanza, así como de superación para el agobiado y deprimido pueblo de nuestro tiempo, a quien debemos acompañar, todos los que profesamos la fe cristiana, porque el cristianismo es verdad, honradez, honestidad y compromiso; de lo contrario, viviríamos una caricatura irrisoria de cristianismo”.

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