Misa Vocacional del Jueves 05 de Marzo de 2009 Obispo compartió con Seminaristas, Sacerdotes y FielesHomilía con ocasión de la Visita del Señor Obispo Monseñor Guillermo Loría al Seminario Central. Jueves 5 de Marzo 2009
Queridos sacerdotes Formadores Queridos sacerdotes que nos acompañan en esta Misa. Queridos religiosos y religiosas Queridos seminaristas Queridos amigos y familiares de los estudiantes de esta casa de formación sacerdotal
Hermanos todos
Me llena de alegría y esperanza tener este encuentro con ustedes en ésta que fue también mi casa de formación hacia el sacerdocio.
Quiero que tomemos en cuenta el tiempo de cuaresma en el que estamos, y que esta es la primera eucaristía vocacional del año. No podemos, en estas circunstancias, dejar de mencionar el acontecimiento Aparecida ubicado dentro del año dedicado al apóstol de las gentes. También el proceso que ya está caminando de la Gran Misión continental.
Algunos de ustedes comienzan su estadía en esta casa otros ya están de salida. Como quiera que sea, a todos se les confiere hacer todo lo que esté a su alcance para que haya un clima de convivencia, respeto, ayuda mutua, en fin de verdadera experiencia de Dios. Somos una sola Iglesia y como tal tenemos que vivir ese espíritu.
Para quienes nos visitan nuestra gratitud por su presencia, su presencia indica el cariño por la Iglesia. No se olviden de orar por la vocaciones que es el mejor de los aportes que pueden ustedes brindarnos y gracias por toda las diversas ayudas que dan al seminario.
Ya hemos escuchado la palabra, que como lo indica el mensaje final del reciente Sínodo de los obispos sobre la Palabra de Dios: “está llena de llamadas a "no callar", a "gritar con fuerza", a "anunciar la Palabra en el momento oportuno e importuno" a ser guardianes que rompen el silencio de la indiferencia”. (10).
Tanto la primera lectura como el Evangelio nos exhortan a todos a una actitud de confianza en este Dios que todo lo puede y que nos ama. Dios es nuestro refugio en todos los momentos de la vida. No es el escondite al que podemos acudir para evadir nuestras tareas o responsabilidades, es justamente en quien encontramos la fuerza para actuar según su plan. A Él hemos de acudir para solicitar lo que es necesario para nuestra vida y sobre todo en este proceso de formación, que es en lo que se constituye este tiempo de Seminario.
Los imperativos que Jesús repite en diferente forma, nos están diciendo también que Dios nos da en la medida de nuestro deseo. El Padre quiere darnos su amor, su vida, su Espíritu, lo único que nos pide, como condición, es que lo que deseemos, lo pidamos, lo busquemos. Jesús cierra su exhortación con una consigna: “Por tanto, todo cuanto quieran que los otros hagan por ustedes, háganlo también ustedes”.
Con esta exhortación Jesús nos está invitando a ser como Él que no pensó en sí mismo e hizo por nosotros todo aquello que podíamos esperar y desear y mucho más porque con su Muerte y su Resurrección nos ha comunicado la vida misma del Padre, que nos hace participes de su gloria. Amar como Jesús nos ha amado, sigue siendo para nosotros sus discípulos la norma de vida, el camino hacia la plenitud.
El tiempo de cuaresma que ha comenzado. Este tiempo nos recuerda lo que tiene que ser parte de nuestra espiritualidad: a saber la conversión permanente. Cuaresma es eso, un tiempo de gracia para colocarnos frente a frente con Jesucristo, “rostro humano de Dios y rostro divino del hombre”.
Momento de encuentro con los seminaristas y formadores. Quiero que este encuentro con los jóvenes seminaristas, sirva para resaltar de manera más explícita y vigorosa la dimensión vocacional. Ustedes están llamados a vivir esta experiencia con una intensidad muy particular, precisamente porque son seminaristas, es decir, jóvenes que se encuentran en un tiempo fuerte de búsqueda de Cristo y de encuentro con Él, en vista de una misión importante en la Iglesia.
Esto es el seminario: un tiempo significativo en la vida de uno que quiere configurarse como discípulo de Jesús. Queridos jóvenes seminaristas, ustedes están realizando un proceso de discernimiento y comprobación de la llamada al sacerdocio.
Me quiero detener a reflexionar sobre esto.
Queridos amigos, esto es el misterio de la llamada, de la vocación; misterio que afecta a la vida de todo cristiano, pero que se manifiesta con mayor relieve en los que Cristo invita a dejar todo para seguirlo más de cerca. El seminarista vive la belleza de la llamada en el momento que podríamos definir de “enamoramiento”. Su ánimo, henchido de asombro, le hace decir en la oración: Señor, ¿por qué precisamente a mí? Pero el amor no tiene un “por qué”, es un don gratuito al que se responde con la entrega de sí mismo.
El seminario es un tiempo destinado a la formación y al discernimiento. La formación, como bien saben, tiene varias dimensiones que convergen en la unidad de la persona: esta formación comprende el ámbito humano, espiritual y cultural. Su objetivo más profundo es el de hacer conocer íntimamente aquel Dios que en Jesucristo nos ha mostrado su rostro. Por esto es necesario un estudio profundo de la Sagrada Escritura como también de la fe y de la vida de la Iglesia, en la cual la Escritura permanece como palabra viva. Todo esto debe enlazarse con las preguntas de nuestra razón y, por tanto, con el contexto de la vida humana de hoy. Este estudio, a veces, puede parecer pesado, pero constituye una parte insustituible de nuestro encuentro con Cristo y de nuestra llamada a anunciarlo.
Todo contribuye a desarrollar una personalidad coherente y equilibrada, capaz de asumir válidamente la misión presbiteral, en un futuro si la voluntad de Dios es esa, y llevarla a cabo después responsablemente.
El papel de los formadores es decisivo: la calidad del presbiterio en una Iglesia particular depende en buena parte del seminario y, por tanto, de la calidad de los responsables de la formación. Queridos seminaristas, precisamente por eso rezamos siempre por todos los superiores, profesores y educadores, responsables del presente y futuro de ustedes de quienes la comunidad cristiana, allá afuera tiene tantas esperanzas y reza por ustedes. Pidamos a Dios siempre por los profesores de ustedes particularmente los sacerdotes, para que desempeñen lo mejor posible la tarea tan importante que se les ha confiado.
El seminario es un tiempo de camino, de búsqueda, pero sobre todo de descubrimiento de Cristo. En efecto, sólo si se tiene una experiencia personal de Cristo, el joven puede comprender en verdad su voluntad y por lo tanto la propia vocación.
El seminario es un tiempo de preparación para la misión. Queridos seminaristas, después del largo y necesario itinerario formativo, serán enviados para ser los ministros de Cristo; cada uno de ustedes, los que lleguen hasta el final, volverá entre la gente como alter Christus.
Queridos seminaristas, si Dios quiere, también ustedes un día, consagrados por el Espíritu Santo, iniciarán la misión de anunciar con su palabra, pero sobre todo con el testimonio de vida a Jesucristo. El Mundo está urgido de testigos fieles y sinceros, transparentes. Por eso es oportuno recalcar que ustedes no deben de engañarse a sí mismos ni pretender engañar a sus pastores y mucho menos a la Iglesia. Si en alguno de ustedes se abriga una intención que no sea la correcta y busca comodidad, refugio, protección, seguridades, este no es el lugar indicado para llenar esas expectativas.
El seminario no es lugar para encubrir desequilibrios emocionales o afectivos que luego redundan en atropello a la Iglesia que espera buenos y santos seminaristas y sacerdotes. Hoy la sociedad proclama una mentalidad erotizada, el seminarista y el sacerdote en general no escapa a esos embates. Sin pretender sacarlos de ese mundo, sean prudentes, sepan discernir lo que conviene y lo que no conviene. Sepan vivir con sinceridad su proceso vocacional. Háganse acompañar de sus directores espirituales y sobre todo de la oración sincera. Sepan elegir sus amistades, dolorosamente tenemos que reconocer que a veces en el mismo presbiterio se dan situaciones que desdicen aquello de que “nosotros somos los primeros promotores vocacionales”.
Hoy más que nunca, es preciso que los seminaristas, con recta intención y al margen de cualquier otro interés, aspiren al sacerdocio movidos únicamente por la voluntad de ser auténticos discípulos y misioneros de Jesucristo.
Recuerden siempre las palabras de Jesús: “Permaneced en mi amor” (Jn 15,9). Si permanecen en Cristo, darán mucho fruto.
APARECIDA
El tema escogido de esta Conferencia, como sabemos es "Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida". Este lema orienta los esfuerzos misioneros de la Iglesia. El encuentro con Jesucristo y su Evangelio, nos capacita para dar la respuesta adecuada a los desafíos de nuestro tiempo en este campo misionero. Ustedes son los que reforzaran esa tarea impostergable de la Iglesia. Son ustedes los que han de implementar la Nueva Evangelización con sus nuevos métodos, ardor y expresión, parafraseando a Juan Pablo II. A ustedes se les confiará llevar vida donde hay muerte, luz donde hay oscuridad. Esa novedad comienza por el encuentro con Jesucristo. Hagan de este tiempo el desierto donde se da el encuentro con Dios, a ejemplo del pueblo de Israel.
Aunque la situación social es acuciante y a veces deprimente, no tengan miedo. A todos los animo para que continuemos con un corazón abierto, generoso, dispuesto, dinámico, con ilusión y sobre todo con alegría por las maravillas de Dios que llama y espera de nosotros una respuesta generosa. La santísima virgen María nos guarde y nos ayude en nuestro proceso de discernimiento vocacional y consolidar la respuesta en los que ya vivimos un ministerio particular.
Así sea. Regresar |