Homilía Misa Crismal 2009 Lunes Santo del 2009"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido"
Estas palabras del libro del profeta Isaías ponen de relieve el significado de la Misa Crismal que hoy celebramos. Como todos los años, los sacerdotes nos reunimos junto al pueblo de Dios aquí presente y todos los que nos siguen por las ondas de la Radio Sinaí y Emaús, para agradecer el don que hemos recibido y renovar las promesas sacerdotales.
Es este mismo “espíritu del Señor sobre mí” el que me hacer recordar algunas palabras pronunciadas hace ya casi seis años, cuando llegué a este hermoso Valle del General. En ese entonces decía a un medio de prensa que me entrevistaba: “me alienta saber que la Diócesis cuenta con un grupo de sacerdotes que han venido sirviendo con entrega y responsabilidad y desarrollando una labor pastoral. Además de un grupo de laicos comprometidos en la evangelización”. Hoy lo puedo ratificar y con alegría dar gracias a Dios por este trabajo esmerado de ustedes en sus parroquias y sus múltiples servicios en las diferentes comisiones.
En este contexto de la misa Crismal, donde el pastor se encuentra con sus más inmediatos colaboradores, quiero expresar mi agradecimiento por esa actitud de entrega. Somos consientes de las grandes dificultades con que se cuenta en esta Diócesis, como las distancias, las condiciones climáticas, la escasez del clero que hace que pocos sacerdotes tengan que asumir muchas responsabilidades, la situación económica no nos favorece en este tiempo de crisis.
Vivimos tiempos críticos que hacen más difícil el ejercicio del ministerio sacerdotal. Hoy más que nunca y ante esta comunidad cristiana presente, quiero pedirles a mis queridos sacerdotes que entre juntos luchemos por la recuperación de nuestra identidad sacerdotal. Somos sacerdotes del Señor, Él nos ha elegido para que seamos sus discípulos, nos ha llamado para estar con Él. No tengamos miedo de seguir optando por Él. Abramos nuestro corazón a Jesucristo sumo y eterno sacerdote y dejémonos ayudar por Él. Seamos capaces de procurar con sinceridad la ayuda mutua y valoremos nuestro ministerio. La Iglesia requiere de sacerdotes santos, y la sociedad, el mundo, demanda sacerdotes convencidos de su opción. Hoy es un bonito momento para renovar esta opción libre que un día hicimos por este estilo de vida.
1- Sacerdocio y unción
El tema del sacerdocio Ministerial no es tema que pueda caer en el descuido. Es probable que estén enterados de la convocatoria hecha por parte de nuestro admirado papa Benedicto XVI de dedicar a partir del 19 de junio de este año, día en que celebramos la solemnidad en honor al Sagrado Corazón de Jesús y la Jornada para la santificación sacerdotal, hasta el 19 de junio de 2010 un año especial dedicado a los sacerdotes. El contexto es que este año “se conmemora el 150 aniversario de la muerte del santo cura de Ars, Juan María Vianney, verdadero ejemplo de pastor al servicio del rebaño de Cristo” a quien proclamará patrono de todos los sacerdotes del mundo. Es "un fuerte llamado de atención a toda la Iglesia para revalorizar el sacerdocio ministerial, con su importancia para la evangelización como algo imprescindible”, y momento de orar por la vocaciones y pedir a Cristo para que éstas aumenten y se persevere en la santidad de los ya consagrados". Durante este año jubilar, está prevista la publicación de un “Directorio para los Confesores y Directores Espirituales”, así como de una “recopilación de textos del Papa sobre los temas esenciales de la vida y de la misión sacerdotal en la época actual”. El objetivo de este año es, “ayudar a percibir cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea”. Nuestra atención se concentra también en la unción, ya que en esta Misa bendeciremos los óleos y en especial el Crisma, signo sacramental de salvación para todos los renacidos por el agua y el Espíritu Santo.
Dios Padre ungió con el Espíritu Santo a su Hijo único, para que fuera el Sacerdote de la Alianza nueva y eterna... y ha querido que su único sacerdocio se prolongara en la Iglesia y en cada uno de nosotros. Por su amor infinito fuimos elegidos para participar de su sacerdocio ministerial.
Somos nosotros, los ungidos, quienes debemos continuar la misión de Aquel que nos eligió y nos ungió; enviado por el Padre "para anunciar la Buena Noticia a los pobres y la liberación a los cautivos, devolver la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos, y proclamar un año de gracia del Señor" (Lc 4, 18 b -19). Hoy el Espíritu junta nuestro corazón con el corazón de Cristo, y nos mueve a amar a los hermanos como Él los ha amado, cuando se puso a lavar los pies de sus discípulos, y sobre todo cuando entregó su vida por todos (Benedicto XVI, Dios es Amor, # 19).
Por eso estamos aquí junto al altar, para hacer memoria del sacerdocio de Cristo, para recordar el día de nuestra unción, para reavivar en nosotros la presencia del Espíritu, para renovar las promesas sacerdotales, como el día de nuestra ordenación. Al llegar a la Diócesis les decía con las palabras de San Pablo que deseaba encontrarme con ustedes; hoy puedo decirles que en la Misa Crismal este encuentro se hace sacramentalmente más hondo. Siento que este es el momento de descubrir que estamos llamados a vivir esta experiencia de comunión sacerdotal, estrechar nuestros lazos de amistad, “no los llamo siervos, sino amigos” decía Jesús refiriéndose a la relación con sus discípulos. Eso es lo que debemos ser entre nosotros. Una familia donde todos, a pesar de nuestras diferencias, nos sintamos hermanos y nos ayudemos mutuamente en nuestras adversidades.
2- Sacerdocio y comunión
Nuestra comunión sacerdotal brota de la Trinidad, y se manifiesta como un misterio de fe, que se debe ejercitar y hacer visible en la unidad del presbiterio.
Como sacerdotes, al servicio de Jesucristo para siempre, estamos llamados a vivir la unidad y la comunión, ante todo en lo interior de nosotros mismos, manifestando también esa dimensión en la vida ministerial. Somos ungidos, de este modo es cierto que en el camino no estamos solos; la unción también nos hermanó para perpetuar su misión y reflejar en nuestra vida el rostro del Único ungido.
En esta perspectiva también se manifiesta que ustedes son los que están más cerca de mi misión como Obispo, con una comunión sacramental, que es participación del único sacerdocio de Jesús.
El gesto del sacerdote que el día de la ordenación presbiteral pone sus manos en las manos del Obispo, parece un gesto que compromete sólo al presbítero, pero en realidad es un gesto que nos compromete a los dos: el sacerdote manifiesta que va a estar unido a su Obispo, pero también el Obispo se compromete a custodiar esas manos toda la vida (Juan Pablo II, Pastores Gregis, # 47).
La comunión exige la fe del sacerdote y del pastor; y caminar juntos. Como Abraham que salió de su tierra, como la Santísima Virgen que salió a visitar a su prima Isabel, y sobrellevó los viajes apremiantes antes de su maternidad; así nosotros estamos en camino. El camino es la vocación sacerdotal, es la Iglesia diocesana; el camino es la misión, y son también los lugares que más nos necesitan, las parroquias y los diversos ministerios, que exigen disponibilidad, aún a costa de esfuerzos y sacrificios.
Ya que hemos dado la vida por Cristo, caminemos con esperanza; sobre todo cuidando la fe y siendo apoyo para las familias, guía para los jóvenes, y ayuda para quienes ya están entusiasmados por Dios. Como en una peregrinación, en el camino debemos ayudarnos y estar cerca, dando testimonio a los más débiles, a los niños, a los enfermos, a los que no tienen hogar, a los que pasan hambre, a los ancianos solos, a los que hoy están quedando fuera de los lugares de trabajo. Seamos también prójimos del hermano sacerdote.
Sabemos que el caminar del pastor también puede volverse pesado y cansado, a veces por las preocupaciones materiales, por las desilusiones y por la incertidumbre del mundo en que vivimos. Necesitamos la oración para encontrar esperanza y consuelo, necesitamos un largo tiempo cada día para poner en Dios nuestra vida y el ministerio que se nos ha confiado.
En el camino velemos también para sostener al hermano en las pruebas y en la soledad. Que seamos la voz de aliento y apoyo, y ayudemos a llevar la carga que puede resultar pesada, y continuar adelante, heroicamente fieles. La comunión entre nosotros sacerdotes, además de ser entrega y disponibilidad, se convierte también en profecía ante un mundo dividido por el pecado.
La Eucaristía que celebramos nos invita a esta unión íntima con Jesús, y a vivir las palabras que nos transmite el Evangelio de San Juan: "Yo soy la vid y ustedes son las sarmientos... mientras ustedes permanezcan en mí, y mis palabras permanezcan en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán" (Jn 15, 5a.7).
3. Sacerdocio y pastoral diocesana
Esta Misa Crismal también nos invita a pensar en nuestra pastoral diocesana. Así como Jesús al proclamar la lectura del Profeta Isaías pudo presentar un plan programático, que se cumplía por la acción del Espíritu; también deseaba expresarles que el primer impulso de nuestra tarea pastoral debe venir de la iniciativa del Espíritu y del amor a Dios. Todo plan pastoral, todo proyecto misionero y catequético, todo dinamismo caritativo y solidario en la evangelización no puede prescindir de esta relación con el Espíritu de Dios.
Esta intención contiene una íntima relación con el actuar mismo de Jesús, cabeza de esta comunidad de fe que es la Iglesia diocesana, y que exige a la vez una adhesión profunda a su querer y docilidad a sus gestos.
Por mi parte, el conocimiento de ustedes y de la vida de la Diócesis será la principal tarea que deseo seguir impulsando, sobre todo a través del trato personal y de la colaboración de los Consejos diocesanos presbiteral y pastoral, las comisiones, los diversos apostolados donde se integran los laicos, irán permitiendo responder a las necesidades que hoy tenemos. Por eso cultivemos los diferentes momentos de encuentro en las vicarías, las reuniones de Clero y todos los demás espacios que nos permitan las circunstancias.
Sin duda, debemos continuar con un renovado impulso en nuestra misión, en particular promoviendo la unidad y la comunión que encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia; así como también teniendo presente las opciones pastorales contenidas en el # 155 del Plan Diocesano de Pastoral, a saber: “la estructura y organización diocesana, los agentes de Pastoral, la Familia, los pobres y Campesinos".
Por el misterio del Corazón de Jesús no deja de difundirse entre nosotros la misericordia de Dios. Somos sacerdotes por su misericordia; y somos sacerdotes para hacer presente la misericordia, especialmente en la Reconciliación.
4. LANZAMIENTO DE LA MISIÓN EN NUESTRA DIOCESIS.
No quiero dejar pasar esta oportunidad para invitarlos a todos a seguir con el entusiasmo que debe caracterizarnos a los cristianos por la misión que se nos ha encomendado. A la Iglesia de América Latina se le ha pedido revitalizar su misión. “Id por todo el mundo y anunciad la buena noticia” nos ha dicho el Señor.
En nuestra Diócesis ya está caminando este proceso de evangelización. El mes de mayo, dedicado a la Madre del Señor y tiempo en el que conmemoramos a nuestro patrono San Isidro, será el mes en que visitaremos diversos centros parroquiales que han sido escogidos para que los feligreses de las parroquias vecinas se congreguen y vivamos una experiencia de fe que nos impulsa a seguir con la tarea misionera de todos los cristianos. Vamos a estar en San Vito, Río Claro, Buenos Aires, San Marcos de Tarrazú, y San Isidro centro. Animo a todos para que asumamos con amor la preparación a este lanzamiento de la Misión continental en nuestra Diócesis. Demos lo mejor de nosotros y encarguémonos de comunicar la noticia de la misión que todos los bautizados hemos de desplegar.
Vamos a seguir unidos en esta celebración y participemos con gozo de la renovación de las promesas sacerdotales y de la bendición de los oleos y la consagración del santo Crisma. Todos estamos invitados a estar renovando siempre nuestros compromisos, sea matrimoniales o de cualquier índole, a fin de mejorar nuestra vida y sobre todo cuando se trata de la fidelidad a Dios y a la Iglesia y a la humanidad misma.
Deseo agradecer a los fieles que se han unido a esta Misa Crismal tanto porque están aquí como los que se nos han unido por la radio o la TV, en especial a las consagradas y consagrados que participan en esta celebración.
María Madre Nuestra, ayúdanos a revivir aquella hora de nuestra entrega al sacerdocio, acompáñanos junto a la cruz y en la alegría pascual, ayúdanos a gustar cada día la vocación a la que fuimos llamados, capaces de un verdadero amor en comunión, hermanos en el camino de la fe y en la misión hacia el Reino de Jesús. Regresar |