Homilía Cuarto Domingo Tiempo Ordinario

Homilía pronunciada por: Mons. Fray Gabriel Enrique Montero Umaña.

Hermanos y hermanas hoy tenemos delante de nosotros, como lo acabamos de leer en este evangelio, ni más ni menos que el texto de las bienaventuranzas. Ese es el texto clave, ese es el texto, podemos decir, más importante de todo el evangelio, de todas las Sagradas Escrituras. Allí se resume todo el evangelio, ahí está el Espíritu que Jesucristo quiere que tengamos sus discípulos, el espíritu de las Bienaventuranzas. Desafortunadamente muy mal entendidas, desafortunadamente muy poco conocidas. Se hace cualquier clase de confusiones cuando se trata de interpretar las Bienaventuranzas, tanto así que la gente dice: ¡Ah!, ¿de qué se trata las bienaventuranzas? ¡Ah!, ¡de la humildad, de la humildad! ¿Ah entonces los pobres en el Espíritu? ¡Ah, los humildes!, claro. ¿Y los que sufren? ¡Ah también los humildes! y ¿los otros? ¡Ah, también los humildes! ¡Ah!, ¿entonces para qué ocho bienaventuranzas?, Mateo podía haber dicho, o el Señor, una sola y no tenía necesidad de ocho. Podía haber dicho bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos y ¡ya se acabó!, no había necesidad de más. ¡Muy mal entendidas, muy confundidas! y es el espíritu del mal el que se ha encargado de hacer que nosotros no entendamos el texto más importante de la Sagrada Escritura y de todo el evangelio.

Allí se encuentra la clave para ser cristiano, todos quisiéramos saber cómo ser un buen cristiano. ¿Qué tengo yo que hacer?, ¿qué tengo que practicar para ser un buen cristiano? Y en las bienaventuranzas se encuentra, como lo dice la Palabra, la clave para ser felices; hasta que nosotros no aprendamos qué es lo que ellas significan, y aprendamos a asimilarlas en nuestra vida, no habremos encontrado el secreto de la felicidad, ¡verdadera felicidad!, no felicidad superficial, no una felicidad pasajera y engañosa, no. De la verdadera felicidad, esa que viene de lo profundo del corazón, esa que solamente Dios puede dar.

Dejemos de lado las dos primeras lecturas, porque ciertamente son muy importantes, pero, ¿qué es lo que quieren decir las bienaventuranzas?

Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos, entonces, que si son los pobres… que si no pobres… que si los ricos… que no sé quién… que no sé cuánto… que los pobres en el espíritu aunque no sean pobres materiales y una confusión total. ¡Nada que ver, nada que ver! La primera bienaventuranza se refiere a nuestra relación, ¿con quién? Con Dios. Esta es la nueva ley, casi, casi como quien dice, los nuevos diez mandamientos y a ¿qué se refiere el primer mandamiento?, Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, etcétera, etcétera, ¿a qué se refiere la primera bienaventuranza? A lo mismo. Aceptarás a Dios como Dios es. Respetarás a Dios como creador. Lo amarás sobre todas las cosas y no tendrás otros dioses. Serás suficientemente humilde delante de Dios, humilde sí, pero delante de Dios para reconocer que tú no eres sino una simple criatura, que es él quien manda en tu vida, que es él de quién dependes en todo, que es él quien sabe lo que mejor te conviene y suficientemente humilde para aceptar que todos, delante de él, somos criaturas y somos pecadores y somos muy poca cosa. Mientras en nuestro corazón esté el orgullo, y ese orgullo a veces es muy común cuando nos referimos a Dios, que a veces hasta nos peleamos con él y discutimos con él y queremos hacer nuestra voluntad en contra de la suya, mientras eso esté en nuestro corazón ¡nunca vamos a ser felices!

Segunda bienaventuranza, Bienaventurados los que lloran, ¡ah!, entonces hay que ser un llorón para ser bienaventurado, ¡no!, ¿Todo el que llora que llore todo lo que pueda porque va a ser bienaventurado? ¡No, no, no!, tampoco así. Los que lloran son aquellos que sufren, pero que sufren por una causa que ellos no conocen. Cuando yo sufro por una causa evidente, yo soy la causa, o yo sé quién es la causa, sufro igual pero no tengo que preocuparme más de la cuenta. Aquí se trata de aquellos que sufren sin saber por qué, sin creer merecerlo, sin haber pedido sufrir, pero que vienen los sufrimientos de la vida que el Señor los permite en nuestra vida y que el Señor quiere que aprendamos a asumir la Cruz junto con Nuestro Señor Jesucristo. Hasta que no aprendamos a sufrir, porque el sufrir tenemos que sufrir todos, pero hasta que no aprendamos a sufrir como él sufrió, nunca vamos a ser felices. Ahí está la causa de muchas de nuestras inquietudes y de nuestras soberbias y de nuestras faltas de paz, ¡claro!, porque no hemos aprendido a sonreírle a la vida, a sonreírle a los malos momentos de la vida, a saber sobrellevar las cruces de cada día.

Bienaventurados los sufridos, muy mala traducción aquí, muy mala traducción la mexicana, perdonen los mexicanos, ¿verdad?, pero esta traducción es muy mala. Tercera los sufridos, ¡no! ¿Qué tiene que ver los sufridos?, ya dijo que los que lloran, para qué va a repetir otra vez que los sufridos. ¡No, no! La traducción correcta Bienaventurados los mansos, los mansos, los que son humildes pero con respecto a los demás, ya no es la humildad con respecto a Dios, es la humildad con respecto a los demás. Cuando los demás me hacen sufrir. Cuando los demás quieren humillarme, cuando los demás quieren hacerme un daño y buscan mi daño; si yo soy capaz de perdonar, si yo soy capaz de poner la otra mejilla, si yo soy capaz de respetar la dignidad de mi hermano o mi hermana, aunque me esté ofendiendo y soy capaz de seguirlo amando aunque él o ella se declaren mi enemigo o mi enemiga, ¡ah!, estoy aprendiendo a vivir en paz, porque estoy aprendiendo a perdonar las ofensas de mis hermanos. ¡Ah!, pero muchos de nosotros vamos sufriendo por dentro porque, alguien me dijo, y alguien me ofendió, ¡ah!, y eso no puede ser, y vamos dándole vuelta al asunto, nunca vamos a tener paz. Los mansos son aquellos que no solamente no le hacen daño a nadie, sino que saben asimilar la bofetada que el otro le da o quiere darle y sabe perdonar y seguir amando a pesar de todo eso y seguir orando por la otra persona.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados, ya lo dice la primera lectura acerca de aquél resto de Israel, serán gente pobre y humilde que buscan la justicia,r que no dicen mentiras, que quieren vivir en la honestidad de la vida, el que ama la justicia y tiene hambre y sed de ella, pide a Dios para que se haga justicia. Porque se trata de las injusticias sociales, las que uno ve por todo lado, hay que saber orar para que esas injusticias cambien, orar por los que cometen esas injusticias y no enojarnos con ellos o hacer guerra en nuestro corazón contra ellos, hay que saber pedir a Dios que reine en el mundo la justicia.

Bienaventurados los misericordiosos porque ellos obtendrán misericordia, acabamos de pasar el Año de la Misericordia, todos sabemos lo que es la misericordia, todo aquél o aquella que sabe compadecerse del dolor de su hermano y que está dispuesto a hacer algo para aliviar el dolor del hermano o la hermana, ese es misericordioso y ese obtendrá misericordia y ese o esa, tendrá paz.

Bienaventurados los limpios de corazón porque verán a Dios, aquellos que tienen un corazón limpio, aquellos que tienen una mirada limpia, aquellos que tienen una recta intención, aquellos o aquellas que no quieren engañar a nadie, que tienen una sola cara, no son dobles, dicen lo que se debe decir, callan lo que se debe callar, pero tienen un corazón limpio, no tienen deseo de mal para nadie… mientras no aprendamos eso, tendremos el corazón lleno de miradas y de juicios negativos contra todo mundo y tendremos hasta malos deseos contra otras personas porque no hemos aprendido esa bienaventuranza.

Bienaventurados los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios, trabajan por la paz, los que saben hacer reconciliación, ya no perdonar como decía la tercera al otro que te pega una cachetada…, ¡no! Esta se refiere a aquellos que saben trabajar para hacer la paz, por buscar la reconciliación entre las personas, que se dedican a construir buenas relaciones y puentes entre las personas y no que se dedican a criticar, y a chismear y a dividir a los demás y a ponerlos a pelear, bienaventurados los que trabajan por la paz, serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Aquí llegamos al otro extremo, si la primera bienaventuranza era el amor totalmente prioritario a Dios, a Dios sobre todas las cosas, aquí es el amor al hermano o la hermana, cuando ustedes y yo perdemos el miedo a la muerte, cuando le perdemos el miedo a decir la verdad y cuando estamos dispuestos a padecer persecución por causa de la verdad y de la justicia… Yo les puedo asegurar que cuando llegamos a esta bienaventuranza, allí todos tenemos que declararnos en pañales, estamos en pañales como cristianos, porque esa bienaventuranza sólo la cumplen los que ya han perdido el miedo a la muerte, los que están dispuestos a decir la verdad y hacer la verdad y la justicia a toda costa y a padecer persecución por causa del reino de Dios incluso hasta la muerte. Esa madurez de un cristiano donde llega el extremo del amor por el otro, que es el dar la vida por el otro, esa madurez casi de seguro que no la tenemos nosotros todavía. Estamos trabajando y caminando y pidiéndole al Señor que nos dé cada día las fuerzas para vivir esas bienaventuranzas incluso aquellas más difíciles. Que el Señor con su gracia nos ayude. Así sea.

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