La voz profética de Mons. Ignacio Trejos Picado

En la entrega de la serie “Servir es reinar”, jamás podríamos pasar por alto, aquella voz fuerte, pausada y muy bien pensada, siempre en defensa de los pobres, sedienta cual más de la justicia y verdadera profecía evangélica; y si no era con la voz, sería con la excelente y pulida pluma que Mons. Trejos tiene, como hizo escuchar a propios extraños, gustosos o no, del Evangelio más puro, aplicado a las realidades más concretas de la vida diocesana y más allá. Elogiado por esto, dijo con la sencillez que le caracteriza: “es el Señor quien da la fuerza, yo sabía que la diócesis es muy pobre, y me dolía el corazón ver todo lo que estaba sucediendo; podrían decir que me extralimité, y pido perdón a los diocesanos por el temple que tuve ahí, quizá maltraté a más de uno, por eso les pido perdón, creo que ellos interpretarán que era el amor que les tenía, actuaba como el pastor que defiende a sus ovejas de los lobos”, precisó nuestro querido obispo emérito, con la profunda paz que da una conciencia tranquila.

Y es que el ambiente social de aquellos años de episcopado al frente de San Isidro no eran fáciles; entre 1974 y 1982 Costa Rica vivía una realidad muy particular y problemática, la diversificación económica conserva su pujanza hasta finales de la década de los 70’, los dos sectores productivos de mayor peso en el país, el agropecuario y el industrial miran lento su ritmo de crecimiento; 1974 será el año donde inicia el proceso de la crisis económica, ayudado por el alza del petróleo; las mismas políticas internacionales provocan a lo interno un estancamiento y con ello la imparable repercusión en el sector agrario; así, las cosas no parecen tener vuelta de hoja, la crisis se vuelve inmanejable hasta el punto que surgen las protestas por parte de los sectores bajos de la población; la crueldad de la crisis, se refleja en los sectores rurales con pobreza, baja densidad de infraestructura, carencia de servicios básicos y elevados índices de desempleo.

Los años siguientes estarán marcados por aquella crisis, y en medio de toda esta realidad política, no podemos olvidar que en Nicaragua se vive la guerra sandinista, lo que traería de una u otra forma agitaciones sociales y ciertos actos, creando un clima de beligerancia contra el gobierno del país vecino que de uno u otra forma también nos afectaba. La difícil situación social y económica ha traído consigo el movimiento precarista, fenómeno que se ha desarrollado claramente en las tierras del Sur del país, la violencia del sector encrudece y las soluciones parecen no llegar. Así, los años fueron pasando, y con cada década nuevas realidades, los años 90’ traerían los PAE y otras firmas que poco a poco nos irían ir adentrando en la orquesta de la globalización, fenómeno en donde parece que no todo es ganancia y en donde más bien las tintas tendieran a señalar una lucha perdida contra el gigante Goliat.

Fue ahí, donde monseñor hizo su carácter de Profeta, que le hará merecedor de los elogios del mismo Padre Coto: “poseedor de una pluma combativa y bien cortada, la cual ha utilizado para defender todo aquello que ha creído que tiene un valor relevante para la comunidad… en este menester ha sido valiente, nunca echa atrás cuando las exigencias del bien común así lo piden. Su carácter es enérgico y decidido, enemigo de componendas.”

Lo anterior, jamás se podría poner en duda cuando leemos aquella publicación que Mons. Trejos hace en el periódico La Nación el 2 de febrero de 1994, y que dice: “si en tiempos en que vivimos, de narcotráfico, de violencia y de innumerables crímenes contemplados en series en la pantalla de televisión, vemos este pasaje con indiferencia, naturalmente no nos hace mella, pero si recapacitamos… nuestra actitud cambia… Jamás podemos alegar que no somos guardianes de nuestros hermanos. ¡Sí, que lo somos!”. Con esta conciencia clara de ser hermano del otro y de tomar postura ante la realidad, hace en aquella oportunidad un llamado vehemente: “hermanos, tenemos conciencia no la callemos. No nos hagamos solidarios de injusticias. Oremos, reflexionemos y actuemos en consecuencia. Si sembramos violencia es sangre lo que sin duda derramaremos”, indicó.

Amante de la verdad, nunca estuvo de acuerdo en la mentira y defendió la soberanía del pueblo tico cuando se veía amenazada por negociaciones y tratados que se querían realizar tras los velos del silencio y la zozobra; por eso, siempre levantó la voz ante momentos históricos como el famoso Combo ICE, nunca simpatizante de la violencia, denunció sin hacer problemas en las calles y rebeliones; y lo más importante, llamó a sus files a ser críticos analizando lo que vivían, siendo cristianos comprometidos capaces de manifestarse, pero siguiendo los criterios evangélicos.

Siendo heraldo de la justicia, no temió Mons. Trejos en luchar por ella hasta el punto incluso de poner en riesgo su propia vida, a sabiendas que su postura y su constante aporte era necesario y ante todo parte importante de su labor y de su ministerio que ama. Este profeta, quiso y utilizó los medios con los que contaba para expresarse a sus fieles y al pueblo entero de Costa Rica, para decir con su voz un tanto pausada y ya al final de su episcopado hasta cansada y baja, que la Iglesia por mandato del mismo Cristo, quiere la justicia en todos los ámbitos, no pueden darse distinciones mal sanas que llevan al caos y a la degradación de unos, porque la dignidad humana es igual en todos los hijos de Dios; por eso en 1982 dijo: “como cristianos estamos obligados, ciertamente, no solo a pregonar justicia, sino ante todo a ponerla en práctica”, principio que luego aplica al denunciar con firmeza que “los hombres de leyes no suelen inspirarse en la fuente de la equidad…, leyes injustas que sólo injusticia están llamadas a engendrar… y en no pocos casos, aun tratándose de leyes justas, se interpretan y aplican mal y naturalmente se les convierte en instrumentos de injusticia social…. La triste realidad de este mundo injusto y lleno de contradicciones es que las fuerzas de poder, del capital y de las decisiones, se encuentra cada vez más en manos de pocos”. Y más tarde añadió: “el cristiano verdaderamente comprometido con la justicia social inspirada en el Evangelio, debe llegar al corazón del pueblo para ver y sentir sus necesidades y aliviar en forma organizada y permanente sus sufrimientos, animarlos a resurgir material, moral y espiritualmente e invitar a las personas de buena voluntad a desprenderse de todo egoísmo, para que el verbo compartir se conjugue no en limosnas que ofenden a quienes las reciben, sino que cuaje en iniciativas que lleven como sello la grandeza de corazón y el esplendor del amor”.

Con gran valentía, en ese mismo año de 1982, Mons. Trejos como defensor de su querido pueblo del Sur, escribe una carta al Lic. Rodrigo Araya, en donde con claridad meridiana levanta la voz en favor de su pueblo, y le pregunta lapidariamente en un medio escrito: “¿cuándo es que los grandes de la patria piensan en la zona sur? parece que cuando se trata de explotar indiscriminadamente sus bosques y riquezas naturales, cuando hay que despojarla de sus tesoros arqueológicos ya casi ultimados… como el caso de las grandes esferas de piedra de Palmar Norte…”, y más adelante en el mismo escrito, dirá con gran valentía: “yo no tengo reparo en decir, con toda verdad, que los grandes culpables de esta situación cruel de abandono, de injusticia y de cálculo político, son los políticos mismos. A estos señores poco les importa los intereses de la patria y mucho los de su partido que les permitirán disfrutar de buenos sueldos y grandes prebendas políticas, aunque la situación del país vaya de mal en peor”, señalaba Mons. Trejos.

Íntegro defensor de la paz y seguridad nacional, en 1994 escribirá un artículo titulado Todos somos los culpables, en el que dirá: “más de uno ha permanecido silencioso ante la presencia de la corrupción y ciertos nefastos personajes. Ayer fueron Sabundra, Teja, McAlpin, Vesco y sus congéneres. Hoy son los Caro Quintero y los Escobar, ¿por qué? ¡Porque aquí en casa encontraron amigos tan corruptos como ellos!… Si queremos desterrar del país el crimen y la violencia debemos desterrar el narcotráfico, los extranjeros que dirigen este negocio criminal, y los costarricenses que se han convertido en sus aliados y con la droga ocasionan la inseguridad en todas sus facetas. Erradiquemos el narcotráfico y el asunto de la seguridad ciudadana estará resuelto… porque lo que Costa Rica necesita para resolver sus graves problemas es lealtad y no cálculos políticos”, publicó con gran valentía este pastor celoso.

Nada le haría claudicar en su denuncia clara y firme contra el narcotráfico, conocía bien el riesgo que esto comporta, él mismo lo expresa en aquella carta valerosa y que aún guarda en su memoria, publicada en 1980 y dirigida a los traficantes de marihuana: “Yo no puedo callar, yo no quiero ser del número de los perros mudos que no pueden ladrar (Is 56,10) ante tantos y tan graves atropellos. Me han dicho, repetidas veces, que se corre grave riesgo si se habla contra ustedes, pero tengo conciencia clara de que mi compromiso no es con el mundo sino con el Señor y Jesús me dice en su Evangelio: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla”.

En aquella famosa carta escrita por este obispo, se podía leer: “ustedes saben que son traficantes de esa fatídica planta que está hundiendo a nuestra sociedad costarricense en la más negra y trágica de nuestras miserias… ustedes tienen compradas (las autoridades) con el vil producto de la espantosa planta. A ustedes, y a quienes ustedes puedan encubrir sólo les interesa una cosa: el dinero. A muchos de ustedes, que se hacen pasar por cristianos, no les importa el clamor de la conciencia porque la tienen adormecida”.

Pero la denuncia que monseñor realiza, no termina solo en aquellos que ya envueltos en el mercado de la droga la trafican, sino que tiene la capacidad y la sutileza de enviar el mensaje incluso a los altos poderes de la República, cuando se expresa, si bien lleno de sarcasmo, con la certeza de saber lo que pronuncia: “drogada debió tener también su conciencia quien decretó, para mejor suerte del tráfico, que no se debe condenar a quien porte unos cuantos cigarrillos de la fatal yerba, porque simplemente se trata de un “fumador”. ¡Qué genio! Razón sobrada parecen tener quienes le han atorgado, al autor del mencionado decreto, el título de benemérito de la corrupción nacional”.

En otro tema, para el 10 de mayo de 1988, encontraremos a Mons. Trejos como defensor del Bien Común en una carta dirigida al presidente del IDA, en la que le dice: “la tierra, principal medio de trabajo y en consecuencia de producción, ha venido concentrándose en manos de pocas personas físicas y jurídicas, que la utilizan para fines ajenos al progreso social de la comunidad… se ha ido creando un ambiente de hostilidad entre las pocas personas que la poseen y los cientos de familia campesinas que aspiran a poseer la tierra para subsistir… el sector agrario tiene derecho a la ayuda eficaz, que no es limosna ni migajas de justicia”; como vemos, no dejaba pasar oportunidad para decirle a quien fuera, lo que siempre consideró verdad y justicia.

En 1990, en un documento titulado Urgencia de la misión evangelizadora, levanta la voz en favor de los indígenas, al decir que nuestros hermanos merecen respeto iniciando por la misma posesión de tierras de las cuales se les ha marginado, y por su puesto una evangelización tal que atienda su cultura la cual es de valor infinito; es de preocupación, añade monseñor, que esta población haya sido descuidada a tal punto incluso por el gobierno, que hoy no son merecedores de ciertas prerrogativas y derechos del hombre costarricense: “lamentamos que gran parte de los indígenas son analfabetos, apenas se rozan con la civilización y permanecen sin cédula ni seguridad social y corren el peligro de ser manipulados por ideologías extrañas”.

La valentía y claridad con la que se pronunció, no a todos asentó de la misma manera, por eso también será un Pastor criticado; no obstante, también en esos momentos tuvo su mensaje, como lo recuerda aquel artículo titulado A los fieles de mi diócesis del 25 de enero de 1990 y que publicó La Nación, en el que dice: “no resulta nada nuevo para ustedes la claridad y la vehemencia de mis denuncias sobre los atropellos que se han venido presentando, en el correr de estos años, en el desarrollo tanto a nivel local como nacional. Creo haber sido fiel al Señor en ustedes, en cuanto la conciencia me lo ha demandado y mi deber pastoral me lo ha exigido, al combatir toda lacra social y moral, toda corrupción pública. ¡Sería lamentable que no lo hubiera hecho! En todos estos años podrán atacarme en más de una cosa, pero no de comportarme como perro mudo, por cálculo, ante determinadas irresponsabilidades en el acontecer nacional… todos ustedes saben perfectamente que no conozco ataduras, que no tengo dueño, que he dicho la verdad a tirios y troyanos, a güelfos y gibelinos, que puedo hablar no sólo con libertad ciudadana, sino con responsabilidad y celo de Pastor”.

Y es que pastor celoso fue desde siempre, sino para ir terminado, miremos este texto de la Carta Navideña que escribió al mismísimo Somoza para el 24 de diciembre de 1978; en la que le dice: “Señor Somoza, por más ejércitos que usted tenga a su mando, por más pertrechos de guerra con que cuente, por más poderoso que se sienta, nunca contará con la fuerza suficiente para impedirme que me sienta hijo de Dios, y en consecuencia hermano de todos los hombres. Reconozco su potencial económico, su ominosa fuerza bélica, mas todo eso resulta impotente para silenciar la voz de mi conciencia que le dice a la suya, por más acallada que se encuentre, que jamás podría estar de acuerdo ni con los crímenes que usted y los suyos perpetran, ni con el dolor que ocasionan, ni con las vidas que siegan ni con las muertes que causan, ni con el odio que siembran, ni con el futuro desastroso y la ruina fatal que sin duda están procurando a ese pueblo que desgraciadamente ha tenido que soportarles… es la expresión de una conciencia humana, viril y cristiana de un Pastor del Rebaño de Jesucristo que jamás podría permanecer en silencio…”; sin duda alguna, estas líneas hablan por sí solas.

Finalmente, quiero terminar esta entrega, con aquello que nos compartió Mons. Trejos al ser consultado sobre Costa Rica ya siendo obispo emérito, concretamente para el año 2015 en entrevista a Radio Sinaí 103.9 FM, nos dijo: “a Costa Rica lo que le falta es dignidad, respeto; en primer lugar respeto a Dios que es el autor de la vida y nuestro dueño; lo que hay es un verdadero relajo; si los políticos buscaran el bien común tendrían la presencia de Dios, pero lo que buscan son sus propios intereses, por eso tienen el pueblo defraudado; y alzo la voz por esos pretenciosos que quieren hacerse más que Dios. La salida, en la lógica del cristiano es la fe, porque hemos perdido la fe en Dios es que hemos borrado la figura y la dignidad del hombre, somos hijos y no esclavos…, porque no podemos servir a Dios y al dinero, y si no adoramos y servimos al verdadero Dios, somos idólatras”, concluyó.

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